Lo que le falta a la Liga de Campeones que si tendrá el Mundial de Qatar 2022

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Mohamed Salah del Liverpool y Karim Benzema del Real Madrid compiten por el balón durante el partido final de la Liga de Campeones de la UEFA entre el Liverpool FC y el Real Madrid en el Stade de France el 28 de mayo de 2022 en París, Francia. (Foto: José Bretón/Pics Action/NurPhoto vía Getty Images)
Mohamed Salah del Liverpool y Karim Benzema del Real Madrid compiten por el balón durante el partido final de la Liga de Campeones de la UEFA entre el Liverpool FC y el Real Madrid en el Stade de France el 28 de mayo de 2022 en París, Francia. (Foto: José Bretón/Pics Action/NurPhoto vía Getty Images)

Por supuesto que habrá historias. Siempre hay historias. La Liga de Campeones las produce con tanta frecuencia y de manera tan fidedigna que es imposible desestimar la fastidiosa sospecha de que todo esto tan solo podría ser parte de un guion, el producto de una simulación compleja que se concibió en alguna madriguera secreta en Nyon.

Robert Lewandowski, ahora vestido en el uniforme blaugrana del Barcelona, regresará a Múnich a enfrentarse al Bayern, tan solo unas semanas después de forzar su salida. En la visita del Manchester City al Borussia Dortmund, Erling Haaland estará una vez más frente a su Muralla Amarilla, esa gran fuerza de la naturaleza que ya no estará a su espalda, sino alineada ante su rostro.

Y también habrá escenas. El Real Madrid, el campeón reinante y en apariencia perenne de Europa, saldrá al Celtic Park y se retorcerá frente al rugido de un lugar que impresionó tanto a Lionel Messi que guarda un uniforme del Celtic en su casa como recuerdo, una atmósfera que Xavi Hernández describió como “incomparable”, una arena en la que, cuando el anfitrión ganó un tiro de esquina, generó un ruido tal que Antonio Conte creyó que “el estadio se estaba cayendo”.

Después de todo, es lo que mejor hace la Liga de Campeones. Como su gran contemporánea, la Liga Premier, la competencia es tanto un fenómeno iconográfico como uno deportivo. Hasta en esos años —hace no tanto tiempo, incluso ahora—, cuando su producto era más notorio por su cautela, su aversión al riesgo, su cinismo brutalista, su atractivo perduró por la manera en que estaba empacado.

Las luces abrasadoras, la música caudalosa y las gradas a reventar en toda Europa sirven de recordatorios que de inmediato comprenden por igual los observadores y los participantes. Indican que lo que se está desplegando es el pináculo del deporte, lo único que importa, el indiscutible evento principal.

Y, a pesar de todo, por primera vez en tres décadas, tal vez no sea así este año. La Liga de Campeones de esta temporada tendrá una gran ráfaga de encuentros, seis rondas de partidos jugados en nueve semanas apasionantes y el único respiro vendrá en la forma de un descanso internacional inoportuno y, en cierto nivel, un tanto codicioso.

Qatar jugará ahora contra Ecuador el 20 de noviembre para dar inicio al Mundial de Fútbol Qatar 2022. (Foto: MUSTAFA ABUMUNES/AFP vía Getty Images)
Qatar jugará ahora contra Ecuador el 20 de noviembre para dar inicio al Mundial de Fútbol Qatar 2022. (Foto: MUSTAFA ABUMUNES/AFP vía Getty Images)

Luego, la competencia que ha pasado 30 años consolidándose como la indiscutida y sin igual cima del juego —el lugar donde se pule la vanguardia, donde las ideas bullen y chisporrotean, donde los jugadores depositan su talento para la prueba máxima— será suspendida en un sueño invernal intranquilo, se pondrá a regañadientes en pausa de noviembre a febrero.

De mala gana, la Liga de Campeones —y la constelación de los grandes clubes de Europa que ha llegado a apreciarla como su objetivo y derecho de nacimiento— le cederá los reflectores a la Copa del Mundo Qatar 2022: cinco excelentes semanas a la mitad de la temporada entregadas al fútbol internacional, ese anacronismo de una era pasada, el primo feo e inoportuno del brillante fútbol de clubes.

No faltan razones para que el fútbol de clubes esté resentido con esta intrusión: las consecuencias financieras de perder esas semanas de espacio televisivo; el riesgo potencial de lesiones en jugadores a los que no les pagan sus asociaciones nacionales, sino los clubes; la sensación de que se está forzando al motor del deporte para que se detenga a fin de que se le pueda encerar el capó.

Sin embargo, tal vez la razón más importante es el recordatorio infeliz de que, aunque la Liga de Campeones es la competencia de clubes más glamorosa y exclusiva del planeta, tan solo es la competencia de clubes más glamorosa y exclusiva del planeta. El adjetivo “de clubes” cuenta su propia historia. A pesar de todo el dinero, a pesar de todo el poder, a pesar de todas las historias y las escenas, la Copa del Mundo sigue siendo el espectáculo más grande del mundo.

En la mayoría de los aspectos, el Mundial se queda corto. No puede igualar a la Liga de Campeones en premios monetarios, en su poder estelar —Haaland como Mohamed Salah y el célebre Estado nación de Italia estarán ausentes de Catar— ni, de manera más crucial, en calidad. En la actualidad, la Liga de Campeones es donde se juega el mejor fútbol del mundo. En contraste, la Copa Mundial está marcada por las fallas.

Erling Haaland del Manchester City celebra después de marcar un gol para poner el 3-2 durante el partido de la Premier League entre el Manchester City y el Crystal Palace en el Etihad Stadium el 27 de agosto de 2022 en Manchester, Reino Unido. (Foto: Robbie Jay Barratt - AMA/Getty Images)
Erling Haaland del Manchester City celebra después de marcar un gol para poner el 3-2 durante el partido de la Premier League entre el Manchester City y el Crystal Palace en el Etihad Stadium el 27 de agosto de 2022 en Manchester, Reino Unido. (Foto: Robbie Jay Barratt - AMA/Getty Images)

Por supuesto que es inevitable. Si al Manchester City le falta un delantero, puede salir y comprar al mejor que pueda encontrar. España, un ejemplo útil durante los últimos años, no se puede dar ese lujo. Al igual que todos los demás, debe reciclar. Su entrenador no tiene la oportunidad de sesiones interminables de entrenamiento para perfeccionar un sistema que podría acentuar las fortalezas del equipo y disfrazar sus debilidades; solo tiene unos pocos días disponibles.

Sin embargo, a pesar de todo, la Copa del Mundo posee la cualidad de un hoyo negro: succiona la luz incluso de las estrellas más brillantes a su alrededor. La primera fase de la Liga de Campeones, como las primeras rondas del fútbol a nivel local, dejarán la sensación de un aperitivo, para los aficionados y los jugadores. Los partidos se jugarán con la conciencia de que nadie quiere perderse el plato fuerte.

Quizá eso indica que el Mundial tiene algo que no tiene la Liga de Campeones. Esa podría ser la singularidad: el hecho de que incluso los mejores futbolistas tan solo podrían tener tres oportunidades de ir a una Copa del Mundo cuando sería razonable que esperaran más o menos una docena de intentos frente al trofeo de la Liga de Campeones. Por ahora, podría ser el riesgo que tiene enhebrado en su estructura. Podría ser el clásico fervor patriótico.

O podría ser el misterio. Las mismas fallas podrían hacer tan atractivo al Mundial. Podría ser que el atractivo del torneo está ligado con el hecho de que España podría llegar y ganarlo o ser eliminada en la etapa de grupos; que Francia, a pesar de la cantidad de su calidad, podría ser eliminada en tanda de penaltis frente a Suiza; que Corea del Sur puede vencer a Alemania y a pesar de todo no calificar a las rondas finales.

El atractivo sin igual del Mundial proviene de las fallas de los equipos que participan en él. La incertidumbre que aportan lo vuelve el evento principal. La impredecibilidad genera lo que le falta a la Liga de Campeones y lo que tal vez debería considerar captar de nuevo.

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