España sigue siendo lo que era en lo bueno y en lo menos bueno

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MILAN, ITALY - OCTOBER 10: Luis Enrique, Head Coach of Spain looks on following the UEFA Nations League 2021 Final match between Spain and France at San Siro Stadium on October 10, 2021 in Milan, Italy. (Photo by Marco Bertorello - Pool/Getty Images)
Marco Bertorello - Pool/Getty Images.

España sigue siendo el equipo que era. En efecto, y por encima de todo, un equipo. Y, para seguir, un equipo dominador, que no dominante. Al menos todavía. Visto lo visto, a nadie le debería sorprender que España pierda ante Francia, de la misma forma que nadie debería llevarse las manos a la cabeza de haber ganado. España ni es imbatible ni es, ni mucho menos, asequible de batir.

La Selección ya jugó la Nations League en la Eurocopa. Luis Enrique cierra este segundo capítulo de su trepidante aventura habiendo consolidado las máximas concluidas en verano, fortaleciendo los argumentos competitivos que vertebran su idea y reforzando la confianza, dentro y fuera del vestuario, hacia un modelo identitario que ha camuflado a una España de transición en la maleza de los mejores combinados nacionales del planeta. Por eso, aplastar a Italia entraba dentro de las posibilidades. Igual que caer ante Francia o incluso sufrir ante Suiza.

El seleccionador ya demostró que el poder de una idea llevado a ejecución de forma colectiva tenía la capacidad de someter, desnaturalizar y maniatar a cualquiera que se cruzase en su camino. "Es imposible quitarle el balón a España", reconoció Didier Deschamps, con razón, en la previa. Porque esta innegociable variable hace sangrar especialmente a los jerarcas mundiales, a quienes el "ADN" de España les arrebata su condición de favoritos, restringiéndoles la posibilidad de tener el balón y acotándoles las vías de las que disponen para poder expresar sus virtudes. En definitiva, el estilo de España anula a los que, por momento, jugadores y entidad, deben mandar, y les fuerza a jugar un tipo de partido muy determinado.

Luego el juego da muchas vueltas, los escenarios cambian a lo largo de los 90 minutos y la calidad puede llegar a iluminar hasta el rincón más oscuro. O si no que se lo pregunten a Karim Benzema, que le ha servido el trofeo a la Federación Francesa de Fútbol sacando a los suyos del abismo. En la adversidad y en nihilismo, Karim rescató a Francia ante Bélgica y ante España con goles imposibles a golpe de escuadra (nunca mejor dicho) y cartabón cuando el dominio emocional empezaba a decantarse del lado rival. Al revés de lo que ocurre en España, una realidad asumible, que no ideal, cuando las piezas son mejores que el equipo.

MILAN, ITALY, OCTOBER 10: Karim Benzema (L), of France, celebrates at the end of the UEFA Nations League football tournament final match between Spain and France at San Siro stadium in Milan, Italy, on October 10, 2021. France defeated Spain 2-1. (Photo by Isabella Bonotto/Anadolu Agency via Getty Images)
Isabella Bonotto/Anadolu Agency via Getty Images.

Precisamente, esos detalles que las superestrellas guardan debajo de la almohada son los que todavía se escapan del alcance de la Selección, generalmente explicado a través de la simple y a la vez compleja cuestión del talento individual, causa, por ejemplo, de la famosa falta de eficacia en las áreas. España es un equipo que necesita con urgencia acertar para dar sentido a su dominio. Su situación generacional, escasa de estrellas mundiales definitivas, y actual, repleta de bajas de algunos de sus activos más importantes, implica que el combinado nacional español tenga que poner en marcha incontables procesos colectivos para solventar cualquier situación. El equipo de Luis Enrique controla el 99% de lo que pasa durante un partido... a excepción de esos centímetros y segundos que lo cambian todo, donde se deciden los días grandes. Si es que alguien puede controlarlos, vaya usted a saber.

Por eso la victoria ante Italia en las semifinales, ante la que ya se quedó hace escasos tres meses a un penalti de haber cambiado la historia que hoy conocemos, guarda una coherencia absoluta con el momento futbolístico que está atravesando el equipo. Era algo que podía pasar. Porque manda, somete, domina y, si marca, te aplasta. Un mensaje potentísimo que se escondía también bajo los escombros de las derrotas en la Eurocopa. Ganar estaba muy cerca. Solo había que creérselo. Y entender que aspirar a ganar no siempre invalida la derrota. El golpe de efecto ante la campeona de Europa, primero, y la vigente campeona del mundo, después, termina de confirmar tal revelación, de la que Luis Enrique nunca tuvo dudas, en un movimiento ganador que arremete contra el trincherismo bufandero y la falta de objetividad en el análisis.

Aunque la Selección sigue nutriéndose de cada experiencia, sumando adeptos y convirtiendo en creyentes a los que reducen el juego a ganar o perder en las victorias, y ajustando los cabos sueltos de su plan mientras curte de experiencias a sus piezas en las derrotas, podríamos concluir que sigue en un punto parecido: un equipo capaz de ganar a cualquiera y de perder con cualquier otro. Pero un equipo. Por encima de todo, un equipo. Y, por si fuera poco, mejor que los demás.

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