El México feminicida cuyo gobierno se lava las manos y mata con su ineptitud

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Dolores Bazaldua, mother of Debanhi Escobar, an 18-year-old law student who has been missing since April 9, hands out posters to volunteers with information of her daughter, as part of a search helped by security forces, in Escobedo, Mexico April 20, 2022. REUTERS/Daniel Becerril
Dolores Bazaldua, madre de Debanhi Escobar una estudiante de 18 años de edad, reparte volantes a personas civiles para buscar a su hija desaparecida el 9 de abril. (Foto: Daniel Becerril/Reuters)

Mientras pensaba cómo abordar el tema de la desaparición de mujeres y los feminicidios, los casos mediáticos de estos delitos aumentaban. No me ha sido fácil pensar en qué o cómo escribir para comunicar una crisis en la que México y toda América Latina se encuentra respecto a la violencia de género y los 11 feminicidios diarios que ocurren tan solo en México.

Es decir, que si leer la cifra de “11 feminicidios diarios”, como los medios y las organizaciones han reportado, no es un dato suficiente, francamente no sé qué puede ser para accionar. Dar a conocer los detalles explícitos de feminicidios o actos violentos tampoco es una forma para que las autoridades reaccionen. La filtración de imágenes violentas menos hace llegar el mensaje. Los titulares de medios con forma aleccionadora, revictimizante o amarillistas tampoco. Ahora sabemos que endurecer las penas o crear más leyes y sanciones tampoco son la solución.

El enojo ya no me alcanza, el miedo tampoco, sinceramente. Yo hablo de accionar por parte del Estado, ése que cuenta con las herramientas, recursos y decisiones que se ven mínimas frente a las verdaderas hazañas que la ciudadanía ha logrado con lo poco que tienen: las madres buscadoras nos han dado esa lección. Los familiares y voluntarios que buscaron a María Fernanda (asesinada por un hombre en Nuevo León), a Debanhi (joven de 18 años desaparecida desde el 9 de abril en Nuevo León y hallada muerta más de 10 días después), o de las niñas Alondra (menor afromexicana de Guerrero, hallada muerta el 12 de abril) y Victoria (de 6 años de edad, asesinada por un hombre que era su vecino) o de la adolescente Sofía que falleció intoxicada y cuatro amigas suyas más que estaban graves por lo mismo. Todo en 2022, todo en menos de 4 meses.

Todxs se movilizaron y solo así lograron que algunas autoridades correspondientes lo hicieran también para cumplir con su trabajo.

“Si este poder que le concedemos al Estado no está resultando efectivo, es comprensible que se busquen vías alternas: en este caso para hacer denuncias e incluso para sancionar a personas que han cometido violencia de género”, dice Ana Velázquez, licenciada en derecho y especialista en derechos humanos, durante la mesa “Punitivismo y Estigma: reflexiones desde los feminismos”, organizada por el Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la UNAM.

Ana también menciona que estas mismas autoridades o personal que atiende las denuncias están más que rebasadas, algo que queda bastante claro después de más de 14 años de una guerra violenta que recrudeció la violencia y más para las poblaciones vulnerables.

"Las cargas de trabajo que tienen son inhumanas, inatendibles, las rebasan y sobrepasan las capacidades que tienen de atender los casos; las instalaciones en las que trabajan son terribles, sin acceso a baños, agua o papel higiénico (...), se suma la carga mental", menciona Ana Velázquez.

Because the night.

Entre los traumas que nos dejó la guerra contra el narco está la revictimización de quienes son sobrevivientes o víctimas de un delito o agresión. Nos construimos historias para nuestra sobrevivencia frente a los casos de violencia diaria que se viven y pensamos que nosotrxs estaremos exentos de esas violencias porque no caemos en los estereotipos de víctimas perfectas que pintan las autoridades y replican algunos medios, pero no es así.

Yo a veces también me auto engaño y me digo que no tengo que enterarme de todas las noticias de desaparición o feminicidios, que si las veo no me va a afectar, la peor mentira que nos dijeron fue que las cosas iban a cambiar desde hace cuatro años. Que nada se iba a repetir.

Evelin Afiune, estudiante del Tecnológico Nacional de México, fue a una entrevista de trabajo. María Jessica Ramírez de Monterrey, se encontraba cerca de su casa. Rosa María López de Cuetzalan iba a trabajar. Miriam De Monserrat Ortega desapareció en Tuxtepec; Frida Alondra de 14 años fue a un baile en Guerrero y de ellas, ninguna regresó. Lizbeth Sanjuana de 22 años ni siquiera salió de su domicilio en Durango y fue asesinada por su sobrino.

Así que, por centésima vez, lo que ya sabemos: no es salir de noche, no es tener tatuajes, no es la edad, no es lo que traían puesto, no es lo que consumieron, no es si está con amigas o no, no es si se dejó de reportar, no es el medio de transporte que tomó, no son sus bajas calificaciones, ni su brillante carrera, no es si los papás no las vigilaron, no es si no denunció antes.

Es por ser mujeres.

(Lo otro es restar responsabilidad a los agresores, al problema sistémico y a quien le depositamos el poder de procurar seguridad, prevención, justicia y reparación).

Y a veces, ante la desesperación pienso en la canción “Because the night” de Patti Smith y me pregunto ¿no sería justo, que la noche, los días, las fiestas, los bailes, el derecho al trabajo, a las calles, a ser trans, a existir y a vivir nos pertenecieran realmente? ¿Es mucho pedir? En un país como México, con un Estado que se autoengaña -que no a nosotrxs- repitiendo que “todo está bien”, sí. Es lo mínimo y no nos pertenece.

Colaboró en esta columna Andrea Carolina Gutiérrez Jiménez, estudiante de comunicación en la Universidad Madero en Puebla.

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