Los dos futbolistas que secuestraron un avión por 60 horas y lo llevaron por 12 países

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Dos futbolistas  secuestraron un avión por 60 horas y lo llevaron por 12 países del continente americano. (Getty Images)
Dos futbolistas secuestraron un avión por 60 horas y lo llevaron por 12 países del continente americano. (Getty Images)

El delantero Óscar Eusebio Borja y el mediocampista Francisco Solano López, ambos de Paraguay, tienen un récord que es difícil que pueda ser roto: el secuestro de un avión más largo en Latinoamérica. Por 60 horas y 15 minutos tuvieron como rehenes a los pasajeros y tripulación de una aeronave comercial, viajaron unos 60.000 kilómetros con escalas en seis países y sobrevolaron por 12 naciones del continente americano.

Es claro que no eran los mejores jugadores de su época, pero lograron jugar en las primeras divisiones de Paraguay, Chile, Ecuador y Colombia. Aunque donde realmente jugaron más fue en Ecuador, sin mucha suerte y sus equipos casi siempre terminaron descendiendo de categoría.

Eran los principios de los años setenta y el profesionalismo y el pago a los jugadores de fútbol no era lo que es hoy. Muchos tenían que buscar un segundo trabajo para poder subsistir y ese era el caso de los dos futbolistas paraguayos, que se volvieron muy amigos en el América de Ambato, club que descendió y tuvieron que separarse. Sin embargo, mantuvieron la comunicación mientras estuvieron en Ecuador e hicieron planes de irse a una liga que pagara mejor.

Fueron años plagados de derrotas y poco dinero en los bolsillos dado que en el Ecuador de aquella época los jugadores no podían vivir del fútbol y menos los de los clubes de mitad de tabla para abajo.

El periodista italiano Massimo Di Ricco, autor del libro "Los Condenados del Aire – El viaje a la utopía de los aeropiratas del Caribe", que trata sobre el fenómeno de la piratería aérea en América Latina en los años setenta, asegura que ambos desistieron de la idea de regresar a Paraguay porque allá era incluso más difícil ganarse la vida como jugador profesional. La opción era Colombia, una liga más fuerte, con mejores salarios y una comunidad de paraguayos instalados en una ciudad cafetera del centro del país llamada Pereira.

Borja logró jugar con el Cristal Caldas (conocido hoy como Once Caldas), pero no convenció a los dirigentes. Luego hizo una prueba con el Atlético Bucaramanga y tampoco tuvo éxito. Solano López tuvo pruebas con los equipos del la zona: Deportes Quindío y Pereira, pero también fracasó en su intento. Ambos jugaban partidos en equipos aficionados para mantenerse en forma y tenían una amistad cercana.

En los sesenta y principios de los setenta el delito de la aeropirateria se extendió por todo el continente, en especial con fines económicos, es decir, pedir una recompensa monetaria a cambio de dejar libres a los rehenes. Aunque también hubo secuestros de aeronaves por parte de guerrillas de izquierda con destino final en La Habana. Las laxas medidas de seguridad de la época, en las que subirse a un avión era como subirse a un autobús hoy en día, eran un aliciente para los interesados en este tipo de delitos.

Estados Unidos tenía el récord de secuestro de aviones con motivos económicos y Colombia era el líder en Latinoamérica.

EL PLAN

Inspirados por lo que veían en los medios Borja y Solano López decidieron secuestrar un avión y lo primero que hicieron fue intentar desviar la atención. Empezaron a buscar inversionistas dentro de la comunidad paraguaya para un proyecto con un buen retorno de dinero. Nadie les prestó atención ni consiguieron que alguien les diera dinero, pero lograron desviar la atención de su plan central.

El 30 de mayo de 1973 el avión HK-1274 de la Sociedad Aeronáutica de Medellín (SAM) que viajaba desde Bogotá a la ciudad colombiana de Cali hizo una escala en Pereira para recoger algunos pasajeros. En total iban 84 personas y todo estaba tranquilo cuando despegaron en Pereira hacia Cali. Ambos jugadores compraron los boletos aéreos a nombre de otras personas y sabían que si llegaban justo a tiempo las personas no iban a revisar si sus identidades concordaban con la de los boletos.

Los dos jugadores se sentaron en sus sillas, en la parte central del avión, despegan y a los 10 minutos se ponen unas capuchas en la cabeza que solo dejan ver sus ojos y saltan de sus asientos, uno agarra a una azafata y la amenaza con una pistola y de repente suena un disparo. Los pasajeros atemorizados e inmovilizados los ven dirigirse a la cabina y el piloto no se da cuenta de la presencia de los secuestradores. Sigue cantando una canción hasta que el auxiliar de vuelo le llama la atención y le pide que mire hacia atrás.

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Le dicen al piloto que cambie de rumbo y se dirija hacia Aruba, aunque no les entiende bien y les pregunta si es a Cuba que quieren ir. Ellos le confirman que es la isla de Aruba. El avión debe hacer una parada para repostar combustible en Medellín y ahí salen para la isla caribeña.

En Aruba comienzan las negociaciones, el gobierno colombiano les dice que no tiene nada que negociar con ellos y la empresa SAM pone a un abogado a liderar las conversaciones. Los futbolistas piden 200.000 dólares y la empresa les ofrece 20.000. En medio de las negociaciones despegan y aterrizan en Aruba tres veces, sobrevuelan por varios países de Centroamérica, liberan mujeres y niños e incluso logran ahogar un motín en su contra dentro del avión por parte de los pasajeros, según narra Massimo Di Ricco, quien investigó el tema para su libro.

Después de varias horas les piden que permitan cambiar la tripulación porque era peligroso seguir volando con un piloto y copiloto sin dormir. Aceptan con la condición de que envíen con el nuevo piloto un maletín con 50.000 dólares. Con una nueva tripulación parten hacia el sur del continente.

Aterrizan primero en Guayaquil (Ecuador), luego en Lima (Perú), muy fugazmente van a la ciudad argentina de Resistencia, cerca de la frontera con Paraguay, donde liberaron a los pasajeros que aún tenían, y luego van a Asunción (Paraguay) y por último a Buenos Aires. Ya sin pasajeros como rehenes, las autoridades esperaban que el desenlace del secuestro tan largo terminara en Argentina. La policía creía que a bordo están los dos secuestradores y seis tripulantes.

Después de detenerse el avión, apagaron las turbinas y bajaron los seis tripulantes en silencio. La policía irrumpió en el avión y para su sorpresa los secuestradores no estaban. Se habían esfumado con 50.000 los dólares.

El PACTO DE CABALLEROS

La policía empezó a sospechar de la tripulación porque se negaba a dar información de lo ocurrido con los secuestradores.

El plan de los futbolistas era descender del avión por la escalerilla principal mientras carreteaban en medio de la oscuridad en la pista del aeropuerto de Resistencia y en la pista de Asunción, cada uno con una azafata para garantizar que el piloto no les diría a las autoridades hasta que aterrizara en Buenos Aires. Lo hacían para protegerse. Sin embargo, el piloto les advirtió que del avión se bajaban todos los tripulantes o no lo hacia ninguno. Entonces llegaron a lo que la prensa denominó más tarde como el “Pacto de Caballeros”: El piloto no diría nada de lo sucedido ni alertaría a las torres de control a cambio de que no se llevaran a las azafatas con ellos. Por eso el piloto se mantuvo en silencio, acordó que no los iba a delatar, un pacto que les dio unas tres horas de ventaja para desaparecer.

Solano López no duró mucho en libertad. Regreso a Asunción a una casa cerca a la de sus padres y empezó a gastar el dinero a manos llenas. Eso llamó la atención de las autoridades y fue capturado con 18.000 de los 25.000 dólares de su parte del botín. Fue trasladado a una cárcel paraguaya, luego extraditado a Colombia, donde estuvo preso seis años y nadie supo de su paradero después de purgar su pena. Los rumores dicen que fue apuñalado y murió en Buenos Aires años después.

De Borja nunca más se supo. Bajó a hurtadillas del avión en Resistencia y por mucho que lo buscaron en Argentina y Paraguay nunca lo encontraron.

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