Cuando la crisis es una constante

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El Chelsea logró transitarlo todo, más o menos, en nueve horas. Primero, temprano por la mañana del miércoles, llegó el anuncio de que los dueños del club habían decidido prescindir de los servicios del entrenador Thomas Tuchel, después de un reinado que incluyó tan solo diecinueve meses y un insignificante título de la Liga de Campeones.

El periodo de impacto fue relativamente breve. El Chelsea acababa de terminar un verano de gastos que nunca se habían visto en la historia de la Liga Premier —dos meses de impacto, asombro y fotos de Todd Boehly, el copresidente del club y su director deportivo interino—, la mayoría de los cuales parecieron llevarse a cabo de acuerdo con los deseos de Tuchel.

Sin embargo, eso no tiene importancia: apareció una explicación de inmediato, centrada en el deseo de Boehly y el resto de su consorcio por cambiar la cultura del Chelsea y su creencia de que Tuchel no era la cara correcta para ese giro. No se ha explicado de manera adecuada, al menos no todavía, la forma exacta que tendrá esa nueva cultura y por qué exactamente Tuchel de 49 años no podría ser parte de ella.

Sin embargo, no hubo tiempo para preguntas. Para la hora del almuerzo del miércoles, Graham Potter, el impresionante entrenador del Brighton, había sido instalado como el favorito para remplazar a Tuchel. El Chelsea ya había estado en contacto con su actual empleador para la cena. Potter había “aceptado verbalmente” el trabajo —en lugar de aceptar por medio de una danza interpretativa, supongo— para cuando cayó la noche.

Y así de la nada, la crisis del Chelsea —una que había sido difícil de distinguir, desde afuera, antes de que Tuchel fuera despedido, y una que parecía ser por completo autoinfligida— vino y se fue. No obstante, al igual que con la naturaleza, el fútbol aborrece un vacío.

Por eso fue fortuito que, de muchas maneras, para las 8:46 p. m. de la hora de Italia, el Liverpool hubiera dado un paso al frente para producir el que podría considerarse el peor desempeño del periodo de Jürgen Klopp en la Liga de Campeones. A 45 segundos del silbatazo inicial en Nápoles, el equipo local había destrozado la línea defensiva holográfica del Liverpool y le había pegado al poste. Es razonable decir que, a partir de ahí, todo fue de mal en peor.

Para cuando terminó el partido, el Liverpool había ocupado de manera oficial el espacio del caos que el Chelsea había dejado vacante hacía tan poco. En su conferencia de prensa posterior al partido, le preguntaron a Klopp, el entrenador que guio al club a dos trofeos —y a una final de la Liga de Campeones— apenas cuatro meses atrás, si le preocupaba ser despedido.

Incluso para los estándares de la Liga Premier, todo iba muy bien: no solo un equipo importante en crisis, sino dos, y ambos en el mismo día. Tan solo habían pasado un par de semanas desde que al Manchester United se le dio ese estatus, una consecuencia de los primeros dos partidos que Erik ten Hag perdió como entrenador, pero eso ya parece pertenecer al pasado sombrío y distante. El valor de Ten Hag está al alza: ha ganado dos puntos más que Tuchel y tres más que Klopp.

Por supuesto que no es ridículo sugerir que tanto el Chelsea como el Liverpool han decepcionado un poco esta temporada. Ambos han trastabillado, en la Liga Premier y en la Liga de Campeones. Ambos han dado la impresión de ser menos que la suma de sus partes. Ambos están por debajo del estándar que se autoimpusieron.

Y, a pesar de todo, fue difícil no quedar impactado con la velocidad con que se dio la crisis. El Liverpool fue humillado en Nápoles, es verdad, pero tan solo fue la segunda derrota del club en la temporada y apenas su cuarta del año natural. El Chelsea había tropezado contra el Leeds y el Southampton, pero está a tan solo cinco puntos de distancia del Arsenal, el líder de la Liga Premier. Sería una exageración sugerir que, para cualquiera de los equipos, todo está perdido.

Parte de esa premura para juzgar se le puede atribuir —apunten sus dedos aquí— a los medios informativos, a la cobertura incesante de las principales potencias de la Liga Premier, a la necesidad desesperada por llenar las insaciables fauces digitales, a la cultura de las matrices de opinión que poco a poco ha consumido al fútbol (y luego a todo lo demás) en las últimas dos décadas.

En parte, esto también se debe a que esos clubes esperan lo mejor y han pagado con generosidad para obtenerlo. El Chelsea invirtió 300 millones de dólares en jugadores este verano y con todo gusto habría gastado más si hubiera sido posible. El Liverpool gasta más en los salarios de su escuadra actual que todos los equipos del mundo, a excepción de tres o cuatro, uno de los cuales es el Manchester United. En esencia, pagan esas fortunas para mantener a raya cosas como problemas de arranque y caídas en el nivel de desempeño. De nuevo, así es el negocio.

Y, en parte, se debe al juego que han creado estos superclubes: uno en el que, ahora, la suposición predeterminada es que el equipo que se haga del título de la Liga Premier lo hará con una puntuación casi imposible de alcanzar, en una liga en la que el Manchester City sigue rodando y parece imparable; en la que Erling Haaland pisotea a sus oponentes; y todos los demás saben que perder cualquier centímetro de terreno implica pasar la temporada manteniéndose a flote, esperando una oportunidad para empezar de nuevo. Hay una fragilidad, una desesperación, una conciencia de que no hay espacio para cometer errores.

No obstante, es difícil creer que esto sea sano: ni para los futbolistas y los entrenadores obligados a mantener estándares casi superhumanos o correr el riesgo de ser tachados de fracasos, ni para los aficionados, siempre a la espera del momento en que descienda el pesimismo.

Sobre todo, no le beneficia al juego en general, el cual cada vez más parece existir al borde de un cuchillo sediento de sangre, que espera ansioso a su próxima víctima, la siguiente oportunidad para exclamar “crisis”, para ocultar a su falso ídolo más reciente, sabiendo perfectamente que no tendrá que esperar mucho.

© 2022 The New York Times Company