¿Una Copa del Mundo cada dos años? ¿Por qué?

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Esta es la era del futbol de las Grandes Ideas. Hay un flujo incesante e implacable de Grandes Ideas, unas de tal magnitud y alcance que tienen que ser escritas con mayúsculas, desde todos los puntos del juego: de los individuos y los grupos, de los clubes y las ligas, desde la parte trasera de las cajetillas de cigarrillos y todo tipo de servilletas arrugadas.

El sistema de Árbitros Asistentes de Video (VAR, por su sigla en inglés) fue una Gran Idea. Expandir la Copa del Mundo a 48 equipos fue una Gran Idea. El Project Big Picture , el plan para reconfigurar cómo funciona la Liga Premier, fue una Gran Idea. La Super Liga fue la más Grande Idea de todas (tal vez, en retrospectiva, fue, en efecto, una Idea demasiado Grande), una Idea tan Grande que podría generar, en el breve idealismo de su rechazo, todavía más Grandes Ideas, como la muerte de una estrella que arroja materia violentamente por toda la galaxia.

Y ahora, gracias a Arsène Wenger y a un círculo de exjugadores curiosamente obedientes, tenemos otra. La más reciente de las Grandes Idea es, en el fondo, una muy sencilla, arraigada en el aforismo acuñado por Alan Partridge sobre los programas de televisión de detectives: a las personas les agradan, así que hagamos más de ellos. Si la Copa del Mundo puede aumentar de tamaño, ¿por qué no aumentar también su frecuencia? En vez de organizarla cada cuatro años, ¿porque no jugarla cada bienio?

La reacción... Bueno, cualquiera podría haber adivinado la reacción. Como fanáticos, nuestra relación con el futbol es bastante personal. Está rodeada de afecto, mitología y nostalgia y, aunque es una de las grandes experiencias colectivas, cada miembro de la multitud la percibe de manera completamente diferente.

Una persona podría creer que es un esfuerzo táctico; otra podría sentir que está arraigada en laboriosidad, corazón y deseo. Podría conectarme con un lugar, pero podría relacionarte con tu familia. Sobre todas las cosas, el futbol nos conecta a todos de nuevo al recuerdo más personal de todos, nuestra infancia, a un amor puro y sin adulterar, un placer incuestionable e incuestionado. Nuestra devoción es por capturar una vez más el sentimiento que conocimos en ese entonces.

Por lo que no sorprende a nadie que los hinchas estén adaptados para resistir el cambio. Sin importar qué forma asuma (el VAR o los penaltis cobrados en el orden equivocado o la expansión de la Copa del Mundo), el cambio es necesariamente externo. Es prueba de que alguien más, alguna otra cosa, se entromete con la manera en que nuestro juego funciona, para alejarlo más de su forma más pura y elevada, la que tomaba cuando éramos jóvenes.

El plan de Wenger no fue recibido con un aplauso eufórico. Ha sido muy criticado no solo por los fanáticos, sino por todos excepto dos de los grupos que ahora caracterizan a las partes interesadas en el futbol. Los clubes, las ligas y los jugadores: todos están en contra del plan. Todos temen que congestione todavía más el calendario, que cause que la Copa del Mundo pierda algo, o mucho, de su prestigio. Su valor, afirman, yace en lo poco frecuente.

Las dos excepciones, por supuesto, son la falange de las llamadas leyendas (John Terry, Michael Owen, Peter Schmeichel y el resto) consultadas por Wenger, en su cargo como director de Desarrollo Mundial del Futbol de FIFA , antes de conversarlo con, digamos, los grupos de hinchas o la Bundesliga o la UEFA; así como la gran mayoría de las 211 naciones miembro de la FIFA, muchas de las cuales se beneficiarían de alguna manera con la expansión y están, no por coincidencia, a favor del plan.

Este es tan solo el primero de una lista bastante larga de problemas con la idea de Wenger: ¿por qué una decisión que impacta el juego tanto a nivel de clubes como de selecciones, una que tiene consecuencias para todos quienes juegan u observan futbol profesional, debería ser tomada por un grupo de interés tan reducido?

¿Qué derecho (y me disculpo aquí si esto suena como eurocéntrico) tienen las federaciones nacionales de Omán, Uzbekistán o Canadá, en ese caso, para votar en una propuesta que alteraría de manera radical la manera en que funciona el futbol de clubes europeo o sudamericano, los grandes motores del juego? En particular, cuando no son simples observadores que seleccionan con buen juicio la mejor opción para el juego que aman, sino que son beneficiarios activos del plan.

No obstante, eso es tan solo el principio. Los otros problemas son muchos y variados. El sistema de Wenger contemplaría realizar una Copa del Mundo cada dos años; en los veranos intermedios, las seis principales confederaciones realizarían sus campeonatos continentales.

¿Dónde, para ser precisos, deja esto al futbol femenil? ¿El Mundial femenil tendría que competir con la Eurocopa varonil en los años impares? ¿Qué pasa con el Mundial de Clubes ampliado que Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, lleva años concibiendo, elaborando y proponiendo?

Si la Copa del Mundo puede mantener su prestigio a pesar de duplicar la frecuencia, ¿se puede decir lo mismo de los torneos continentales? ¿Es la mejor manera de hacer crecer el futbol africano o asiático al hacer que esos continentes compitan por espectadores e interés con la Eurocopa? La respuesta a ambas preguntas es no. Ha habido cuatro versiones de la Copa América en los últimos siete años y cada una ha significado un poco menos que la anterior; este verano, al llevarse a cabo al mismo tiempo que la Euro, la copa tuvo en gran medida poca importancia fuera de Sudamérica.

Que Wenger y la FIFA todavía no hayan sido capaces de brindar una respuesta convincente a esos temas (además de señalar que más países podrían calificar a la Copa del Mundo, que es el tipo de cosa que tal vez probará no ser cierta en la práctica, sin importar cuánto sentido tenga en teoría) es una vergüenza, porque su propuesta tiene valor. La Gran Idea puede estar llena de fallas, pero las pequeñas ideas que la respaldan son dignas de considerar.

Wenger desea reducir la fatiga de los jugadores y la huella de carbono producida por el futbol, así como imponer orden en el arcaico calendario futbolístico mediante la simplificación del proceso de calificación: en lugar de una serie de breves ventanas internacionales, él preferiría una o dos más largas por temporada. (No se ha decidido cuándo se realizarían, pero se puede decir que tomar un mes de descanso en octubre, justo después del comienzo de la temporada europea, debería ser un punto de partida en el mejor de los casos). Esa es una Buena Idea, una que merece escribirse con mayúscula.

También tiene mérito la idea de una competición global secundaria (un tipo de Copa del Mundo de la Liga Europa) para que se realice al mismo tiempo que el torneo principal, con la finalidad de ofrecerles a las naciones más pequeñas un objetivo viable. Los fanáticos del futbol son conservadores por naturaleza, pero sería contraproducente desdeñar cualquier noción de cambio.

Aunque, tristemente, es muy probable que los beneficios potenciales se perderán, ya sea porque el plan entero es vetado (UEFA, molesta por la sensación de que la FIFA simplemente está imponiendo su visión, ya ha jurado combatirlo) o porque representan victorias pequeñas en una derrota general aplastante.

Hay tristeza en ello, debido a que hay muchas maneras en las que se pudiera cambiar el formato del futbol para mejorarlo y esta es la oportunidad para hacerlo. Existe una razón por la que todas estas Grandes Ideas siguen surgiendo: en 2024, el calendario futbolístico se reinicia de manera efectiva y, hasta que esto ocurra, cada opción está efectivamente en juego. Esta es una oportunidad para el cambio, del tipo progresista y positivo, si tan solo todas las partes interesadas pudieran resistir la tentación de reclamar su territorio y en cambio estudiar de qué manera contribuir a esta oportunidad que se presenta.

No debería ser imposible de lograr para el futbol, por ejemplo, conservar las ideas de Wenger para un proceso de calificación condensado y torneos continentales (más o menos) contemporáneos y olvidarse de la Copa Mundial bienal, con todos sus inconvenientes.

En cambio, todo permanecería en un ciclo de cuatro años; uno de los veranos intermedios sería cedido a un Mundial de Clubes ampliado (de nuevo: una Gran Idea que tiene sentido) y otro sería dejado estrictamente como un período sin actividad, para permitir a todos los jugadores varoniles una oportunidad de descansar y ofrecer al Mundial femenil una ventana ininterrumpida en la escena global. (Los torneos continentales femeniles se efectuarían en los mismos años que los varoniles, aunque no en simultáneo).

¿Por qué parar ahí? Las calificatorias son largas y arduas; además, en Sudamérica, donde casi todos calificarán, serán en gran medida inútiles después de 2022. En cambio, garantizar a los equipos que lleguen a octavos de final en la Copa del Mundo de Catar un lugar en la etapa de grupos en 2026, lo que crearía un patrón que reduciría el número de equipos para los cuales la calificación es más una tarea de rutina que una oportunidad. (Esta idea podría ser presentada también para las Eurocopas). Eso incrementa el número de juegos trascendentes y permite que los jugadores de élite tengan mayor descanso.

Aprovechando: el concepto de Liga de Naciones ha sido exitoso, pero debería ser abandonado; la Liga de Campeones se debería revertir a su formato actual de 32 equipos, en lugar del nuevo modelo presentado durante las amenazas ahora bastante pasadas de moda de la vieja élite europea; se deberían crear reglas estrictas sobre cuántos jugadores mayores de 23 años puede tener a préstamo cualquier club, así como un sistema que conceda a los jugadores que no representan a su club con regularidad el derecho a cancelar sus contratos e ingresar a un proceso de selección; la viabilidad de las ligas transfronterizas debería ser explorado para reducir la falta de balance económico; los pagos solidarios de la Liga de Campeones deberían ser incrementados de manera drástica; un Mundial de Clubes para el futbol femenil debe ser instituido de inmediato.

El futbol tiene una aversión intrínseca y reflexiva al cambio, pero no debería desalentarse que las autoridades de este deporte piensen sobre cómo podría ser su futuro. De hecho, esa podría ser la vergüenza más grande de todas: no solo se trata de que esta era deportiva de las Grandes Ideas genere cambios reprochables, como las super ligas y saturaciones, sino que se corre el riesgo de que no suceda ningún cambio.

© 2021 The New York Times Company

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