Carlos Alcaraz sabe que es mucho mejor de lo que todos pensamos

·4  min de lectura
Spain's Carlos Alcaraz reacts after a point during his 2022 US Open Tennis tournament men's singles quarter-final match against Italy's Jannik Sinner at the USTA Billie Jean King National Tennis Center in New York, on September 7, 2022. (Photo by Corey Sipkin / AFP) (Photo by COREY SIPKIN/AFP via Getty Images)
Carlos Alcaraz celebra un punto durante su partido de cuartos de final del US Open contra Jannik Sinner (Photo by COREY SIPKIN/AFP via Getty Images)

La presión. La famosa presión del deporte profesional, sobre todo en las especialidades individuales. La que se ha llevado por delante a tanto jugador prometedor, a tanta futura estrella, entre expectativas, dudas y peleas con uno mismo. A Carlos Alcaraz le mantuvieron en una burbuja prácticamente hasta que cumplió los dieciocho años, pero desde entonces ha estado sometido a todo tipo de exigencias. Las lógicas cuando se presenta un talento único como el suyo, de los que aparecen cada diez o veinte años.

Lo prodigioso de Alcaraz no es solo su tenis, que también, sino su capacidad para asumir esa presión y elevarla. Pongamos el partido de cuartos de final contra Jannik Sinner en el US Open. Todos habíamos dado ya la batalla por perdida y habíamos buscado todas las excusas posibles: Sinner es dos años mayor, tiene más experiencia, ha jugado un partido impresionante, es un gran campeón de futuro, la hora de Carlos aún no ha llegado... pero el propio Carlos no quiso participar de ese juego pernicioso. Carlos no se rinde. Punto. Los demás podemos tener dudas sobre su juego, pero él no tiene ninguna.

Aparte, tiene carisma. Eso es indudable. El carisma es algo difícil de definir, que sale natural o no sale. Alcaraz sabe mostrar confianza en sí mismo, una confianza en ocasiones abrumadora, sin parecer arrogante. Alcaraz puede plantarse desafiante ante toda la Arthur Ashe, pasadas las dos de la madrugada y hacerles partícipe de su remontada en el cuarto set, llevárselos a todos de su lado incluso en una ciudad donde la comunidad italiana es tan importante.

Alcaraz sabe jugar con el público y con sus reacciones. Parece excesivo, pero nunca es faltón. Se le permiten determinadas exageraciones cuando gana porque sabe comportarse cuando pierde. No se grita a sí mismo, no hace gestos feos al rival, no protesta bolas sin sentido, no se va al cuarto de baño diez minutos para cortar el ritmo. Hay en Alcaraz un amor puro al deporte, una pasión contagiosa, que hace que todo el público se ponga de pie cuando él lo ordena, que vocifere cuando él se lleva la mano a la oreja como si no les oyera.

GUÍA | Los pasos que tienes que seguir para poder ver un tuit no disponible por tus preferencias de privacidad

Los partidos de Alcaraz son una fiesta. Casi todos. Por eso dolió tanto la gira de arcilla del pasado mes de julio, tan innecesaria. Cuando Alcaraz disfruta, gane o pierda, disfrutamos todos. Cuando no está a su nivel o el rival se muestra superior, corremos a levantarle del suelo. Su victoria ante Sinner es demasiado importante en demasiados sentidos: de entrada, por supuesto, la épica: cinco horas y cuarto de partido, cincuenta y seis juegos disputados, un final entrado en la madrugada, casi cuarenta bolas de break entre ambos jugadores... y ese match point que salvó con 5-4 y saque para Sinner en el cuarto set. Por si fuera poco, aún remontó otro break en el quinto.

Solo eso, ya bastaría, pero hay más. Hay, por supuesto, la esperanza del título: quedan solo dos partidos y ninguno de sus rivales será tan bueno como Sinner. Alcaraz viene de dos partidos a cinco sets, los dos acabados demasiado tarde, una de esas locuras de la organización, pero ni Tiafoe ni Ruud ni Khachanov en la final serían rivales a temer en condiciones normales. Como ya ha quedado dicho que las condiciones no son normales, habrá que tener mucho cuidado. El cuerpo necesita recuperar y hoy Alcaraz igual no concilia el sueño hasta entrada la mañana.

También asoma la esperanza histórica de convertirse en el número uno más joven de todos los tiempos. Para eso le bastaría llegar a la final siempre que Ruud no esté al otro lado de la cancha, algo que averiguaremos el viernes, cuando se juegue una semifinal después de la otra. Es cierto que ha sido un año raro en términos de ránking porque Djokovic se ha perdido dos slams y no le han contado los puntos del que ha ganado, Zverev lleva tres meses sin competir, Medvedev no pudo disputar Wimbledon y Nadal lleva encadenando lesiones casi desde Miami. Pero algo querrá decir lo de ser número uno del mundo con 19 años y medio. No vamos a hacer de menos una hazaña así.

Por último, y aquí volvemos a lo de la confianza, la victoria es importante porque no es una derrota. Sé que parece una obviedad, pero no lo es: Alcaraz perdió con Sinner en Wimbledon hace dos meses, luego volvió a perder con él en Umag, viniéndose abajo mentalmente. Teniendo en cuenta que estos dos chicos son claramente el futuro del tenis, encadenar tres derrotas tan seguidas seguro que habría hecho daño a Carlos. O eso pensamos, vaya, porque ya ha quedado dicho que el chico va a lo suyo. A disfrutar. Se nota tanto cuando no lo hace que es imposible no celebrar cuando le vemos con la adrenalina a tope y la sonrisa juguetona. Que dure. Al menos hasta el domingo.

Vídeo | Tiafoe no sufre el desgaste de eliminar a Nadal y arrasa contra Rublev

Otras historias que también te pueden interesar: