Carlos Alcaraz demuestra lo que realmente le hace diferente a sus rivales

  • Disculpa el inconveniente.
    Algo salió mal.
    Inténtalo de nuevo más tarde.
·5  min de lectura
En este artículo:
  • Disculpa el inconveniente.
    Algo salió mal.
    Inténtalo de nuevo más tarde.
Carlos Alcaraz posa con el trofeo Godó. Foto: REUTERS/Albert Gea
Carlos Alcaraz posa con el trofeo Godó. Foto: REUTERS/Albert Gea

Ganar en dos sets la final de un ATP 500 después de haber jugado las semifinales esa misma mañana y haber permanecido en la cancha casi cuatro horas ya es de por sí una marcianada. Hacerlo después de remontar dos puntos de partido, con una exigencia descomunal y una tensión tremenda en cada punto solo lo pueden conseguir elegidos de este deporte. Uno de ellos, ya está claro, es Carlos Alcaraz. Alcaraz no solo tuvo que enfrentarse al cansancio físico normal después de correr y correr durante tanto tiempo apenas unas horas antes, sino que tuvo que combatir el cansancio mental. La lógica descompresión después de haberse visto fuera del torneo, haber remontado a base de adrenalina y de repente tener que afrontar un reto aún mayor.

En el aspecto mental es donde se ven las diferencias entre los más grandes jugadores. Por supuesto, hay que tener los golpes, pero hemos visto enormes tenistas con golpes maravillosos en los últimos diez años con las cabezas muy mal acolchadas. Plantarse con dieciocho años en una final ante uno de los mejores jugadores del circuito en tierra batida y tener la concentración, las ganas, la confianza de no darle ni un resquicio de oportunidad en todo el partido tiene mucha más miga de lo que parece. Esto es lo que hace a Alcaraz realmente especial: no su derecha ni sus dejadas. Su cabeza. Su confianza en sí mismo. Su "las finales no se juegan, se ganan" que dijo después del partido a las cámaras de televisión.

Alcaraz es un jugador voraz, siempre hambriento. Como si le hubieran tenido en una celda de cristal durante un par de años y ahora que por fin puede correr a su gusto, no encontrara el momento de parar. La comparación con Nadal es inevitable y recurrente. Más aún cuando uno ve la remontada de las semifinales: ese 6-7, 5-6 y 40-15 para Alex de Miñaur, con toda la pista para el australiano... que acabó en passing imposible, break, victoria en el tie break y después nueva victoria en un apretadísimo tercer set, lleno de alternativas.

El asunto es que, al menos a su edad, Alcaraz parece más hecho que Nadal. Por supuesto, el mallorquín era una máquina en tierra batida. Ya con 18 años, ganó Montecarlo, ganó Barcelona y ganó Roma y ganó dos de estos títulos a un especialista como Guillermo Coria, en aquellos tiempos en los que había especialistas por superficie. Pero su juego estaba por hacer. Era un vendaval de voluntad y de inteligencia, pero le hacía falta una pequeña pausa, una mayor adaptación a otras superficies. Era un talento descomunal, pero aún por pulir.

GUÍA | Los pasos que tienes que seguir para poder ver un tuit no disponible por tus preferencias de privacidad

No es esa la sensación que uno tiene cuando ve a Alcaraz. No solo impresionan sus cambios de sentido o su capacidad para jugar siempre largo, sino la manera en la que se maneja en la cancha. Sí, claro, de vez en cuando se queja en voz alta de tal decisión tomada o de tal golpe que no salió perfecto, pero, en general, parece de hielo: no se mete en discusiones absurdas, no va de divo, no se distrae con apenas nada. Arenga al público cuando las cosas se ponen a su favor, pero prefiere no distraerse cuando van mal dadas.

Mirada al frente, rostro de enorme seguridad, y a seguir con el partido. Sabe que tiene las piernas y que tiene los golpes. Sabe que, ahora mismo, hay muy pocos jugadores que sean mejor que él. Alcaraz tiene, además, algo que no tienen sus demás compañeros de generación ni de las generaciones anteriores con alguna excepción: la capacidad de resistencia en defensa. Desde Dimitrov a Aliassime o Sinner, hemos visto a excelentes jugadores de ataque. Excelentes. Pero con serios problemas cuando no imponían ellos el ritmo.

Para Alcaraz, la defensa es algo instintivo, le sale solo. No es una cuestión únicamente de físico, sino de técnica en la carrera. Alcaraz no solo corre rápido sino que corre bien, lo que le permite poder devolver esa bola extra sin hacerlo de cualquier manera. Si hay que disfrutar, se disfruta. Si hay que sufrir, se sufre. Entiende ambas partes como un todo, que es lo que habría que hacer siempre, y es capaz de convertir un punto en el que está acorralado en un punto en el que acorrala al contrario con un solo golpe, un solo efecto, un solo ángulo.

No voy a decir que los chavales que han ido saliendo durante estos años no creyeran en sí mismos. Desde luego que lo hacían, incluso en exceso. De ahí que en cuanto las cosas se torcieran, no entendieran por qué y no encontraran la manera de resistir. Alcaraz, a veces arrasa y a veces, resiste. Eso no le hace imbatible porque nadie lo es. Llegarán más Kordas y nos harán más ciegos. Pero el hecho es que en 2022 ha jugado veintiséis partidos y ha perdido solo tres, todos ellos en el set decisivo. Ha ganado al menos un set en todos sus partidos y estamos ya en abril. Este lunes amanece como número nueve del mundo y, más importante, como número tres de lo que va de año. Su único objetivo es el número uno. Todo lo demás, para él, son chorradas.

Vídeo | Rublev gana a Djokovic en la final

Otras historias que también te pueden interesar:

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.