La verdadera razón por la que Carlos Alcaraz gana partidos "imposibles"

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PARIS, FRANCE - MAY 25:  Carlos Alcaraz of Spain celebrates a point against Albert Ramos-Vinolas of Spain in their second round match during day four of the 2022 French Open at Roland Garros on May 25, 2022 in Paris, France. (Photo by Tnani Badreddine/Quality Sport Images/Getty Images)
Carlos Alcaraz celebra por todo lo alto un punto durante su partido del miércoles contra Albert Ramos-Vinyolas en Roland Garros (Photo by Tnani Badreddine/Quality Sport Images/Getty Images)

¿Qué ha hecho especial al Big 3 durante casi veinte años? ¿Qué les diferenciaba de los demás tenistas hasta el punto de arrasar a dos generaciones que se han quedado prácticamente sin un gran título que llevarse a la boca? Se podría hablar de su talento indiscutible, pero en dos décadas, el talento ha estado también en otras raquetas. Hemos visto enormes tenistas con golpes maravillosos que se han venido abajo en el momento en el que la competición les exigía más.

Federer, Nadal y Djokovic han dominado el tenis moderno y han acumulado 61 grand slams (y los que quedan) no porque fueran jugadores inalcanzables, sino porque eran regulares, porque no culpaban a nadie de sus derrotas, porque sabían mantener la calma en sus partidos -fíjense lo que le pasa a Djokovic cuando se le olvida este requisito- y porque tenían la disciplina del que juega cada punto como si fuera el último y cada partido como si fuera una final.

Esto no se ha visto con la asiduidad deseada desde entonces. Lo que vemos en las nuevas generaciones son quejas por todo, tremendos problemas fuera de las pistas y una facilidad extrema para bajar los brazos cuando las cosas van mal. Son un grupo de chicos que pasan en demasiado poco tiempo de la confianza extrema en sus posibilidades a la autocompasión y que siempre tienen un culpable al que citar en rueda de prensa. Todos juegan de maravilla, pero compiten bastante mal.

Ahí es donde entra Carlos Alcaraz. Normalmente, Carlos también juega de maravilla al tenis, pero no siempre pasa. No pasó, desde luego, contra Alex de Miñaur en el Conde de Godó y no pasó ayer contra Albert Ramos-Vinyolas en segunda ronda de Roland Garros. Alcaraz dio un recital de fallos y de incomodidad en la pista. Nunca estuvo bien colocado, su juego de pies fue terrible y se mostró terriblemente errático cuando tenía la oportunidad de dominar el punto. Sobre su destreza a la hora de jugar los puntos decisivos basta con apuntar su cifra de bolas de break ganadas sobre el servicio de Ramos (8/31) y las defendidas con éxito con su servicio (1/7).

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Con todo, Alcaraz ganó. Tuvo punto de partido en contra en el cuarto set con saque de Ramos (igual que pasara en Barcelona con de Miñaur) y se vio 3-0 abajo en el quinto. Pero ganó. ¿Jugó especialmente bien esa última fase del partido? No. Salvo ataques puntuales de adrenalina, estuvo tan fallón como en las cuatro horas anteriores. Es muy difícil jugar contra un zurdo que sabe buscar ángulos y liftar bien la pelota si le dejas golpear con comodidad. Y Alcaraz primó la potencia sobre la colocación todo el partido, dejando que el catalán acabara dominando más o menos a placer.

¿Por qué ganó entonces Alcaraz? Muchos acudirán a los dos-tres puntos imposibles que consiguió al resto en momentos clave, pero el hecho de que fueran "imposibles" deja claro que no estuvieron bien jugados. No, Alcaraz no ganó por épica. Ganó por madurez. Ganó por disciplina. Parece increíble decir esto de un chico de 19 años recién cumplidos, pero es así. Alcaraz supo sacar el paraguas y resignarse. Estaba siendo peor. Claramente peor. No había manera de darle la vuelta al partido y veía como todas las expectativas puestas en él se venían abajo al segundo partido contra el número 44 del mundo.

¿Se imaginan la presión que tiene que suponer eso? Bueno, pues dicha presión se notó en la raqueta de Carlos, pero no en su cabeza. Incluso en los peores momentos del tercer y el cuarto set, después de perder una oportunidad de break tras otra, Alcaraz se mantuvo entero, tranquilo, celebrando cada punto ganado y negándose a bajar la cabeza tras cada punto perdido. Animó a la grada y se la ganó por completo. Supo transformar una energía espantosa, un drama inminente, en una conjura de optimismo. Incluso match point abajo, desde su cuerpo técnico se repetía un mismo gesto que venía a decir: "Seguimos".

Y eso, al final, fue lo que le dio la victoria y con lo que tenemos que quedarnos. Con esa facilidad para asumir el tenis como un juego, reconocer cuando alguien es mejor que tú y en vez de venirte abajo, quejarte al juez de silla o tirar la raqueta lleno de rabia -como la tiró el propio Ramos en un momento de desesperación-, seguir luchando. En vez de bajar los hombros y verte en el vuelo de vuelta porque tú no estás hecho para sufrir, tú estás muy por encima de todo eso, levantar los brazos y pedir ayuda a la grada. "Siempre positifo, nunca negatifo", que diría aquel, algo que, por supuesto, no le va a servir siempre, pero que le diferencia de otros tenistas que hemos visto durante estos años. Una cabeza tan bien amueblada que a veces asusta.

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