El cáncer estuvo a punto de quitarle la vida, pero el maratón de Nueva York lo esperaba

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Tommy Rivers Puzey, un corredor profesional que ha ganado o clasificado en maratones de ciudades importantes y otras pruebas de resistencia, posa para un retrato en Nueva York, el 6 de noviembre de 2021. (Jeenah Moon/The New York Times)
Tommy Rivers Puzey, un corredor profesional que ha ganado o clasificado en maratones de ciudades importantes y otras pruebas de resistencia, posa para un retrato en Nueva York, el 6 de noviembre de 2021. (Jeenah Moon/The New York Times)

Hace casi un año, Tommy Rivers Puzey, un corredor profesional que ha ganado o clasificado en maratones de ciudades importantes y otras pruebas de resistencia, aprendió a sentarse de nuevo en la cama.

A lo largo de unas semanas, entrenó su cuerpo para balancear las piernas con lentitud sobre el costado de la cama. Finalmente, fue capaz de caminar de un extremo a otro de la habitación, a pesar de que el agotamiento por el esfuerzo duraba de dos a tres días.

El domingo, Puzey, de 37 años, se inscribió en el maratón de Nueva York. Sabía que estaría muy lejos de su mejor tiempo para una carrera de este tipo, pero no importaba. Como la mayoría de los participantes, le bastaba con estar allí y mejor aún con terminar. A diferencia de la mayoría, él por poco no llegaba a la carrera porque estuvo a punto de morir.

En julio de 2020, internaron a Puzey en un hospital cercano a su casa en Flagstaff, Arizona, con lo que al principio se supuso que era COVID-19. En lugar de eso, se le diagnosticó un tipo raro y agresivo de linfoma. Comenzó a recibir quimioterapia y permaneció en la unidad de cuidados intensivos durante dos meses y medio.

Su esposa, Steph Catudal, no pudo estar con él debido a las disposiciones sobre el COVID-19. Así que le escribió una nota breve antes de que entrara en coma inducido. “Mantente vivo”, decía la nota, con un improperio añadido. “Te ama, Steph”.

Mantenerse vivo no fue fácil ni esperado.

“Los médicos y todo el mundo reconocieron que su excelente aptitud física le permitió aguantar como lo hizo”, señaló Catudal días antes de la carrera. “Alguien que no estuviera entrenando con el mismo rigor que él habría muerto”.

En efecto, estuvo entrenando, incluso en el hospital, hasta que ya no pudo hacerlo. Catudal recordó haber recibido llamadas de las enfermeras. Le decían que su esposo “hacía lagartijas al lado de la cama y abdominales sobre esta”, narró. “Le decían: ‘Hombre, no puedes levantarte de la cama y hacer lagartijas en la unidad de cuidados intensivos”.

Su musculatura se deterioró con rapidez durante los tratamientos agresivos. Bajó 34 kilogramos y quedó esquelético.

Cuando despertó del coma semanas más tarde, lo trasladaron a una unidad de trasplante de médula ósea y luego a un centro de rehabilitación. Tuvo que volver a aprenderlo todo: a tragar, a usar las manos, a desplazar su peso de un lado a otro del cuerpo. Comentó que la idea de usar utensilios o un bolígrafo estaba más allá de su comprensión y cuando le entregaron un teléfono inteligente, su peso lo tomó por sorpresa. No regresó a casa hasta noviembre de 2020.

Tanto Puzey como Catudal tienen una gran presencia en las redes sociales y sus seguidores estaban pendientes de cada palabra publicada en Instagram, buscando una actualización del #TeamRivs.

Puzey es conocido en el mundo del atletismo como un competidor feroz y un espíritu amable a partes iguales, un hombre que se emociona al hablar del significado del movimiento y que, al mismo tiempo, se lanza a las carreras con una intensidad que lo ha hecho subir a podios en maratones y ultramaratones.

En 2017, quedó en el puesto 16 del maratón de Boston con un tiempo de 2 horas y 18 minutos. Ha ganado un puñado de maratones, incluyendo el Maratón de Phoenix y el Rock ‘n Roll Arizona Marathon, que serpentea a través del área metropolitana de Phoenix. Fue seleccionado para formar parte del equipo de Estados Unidos en una carrera de 50 kilómetros por carretera en una competencia mundial de ultramaratón.

Al principio, señaló Catudal, los médicos le dijeron a Puzey que, si sobrevivía, podría estar conectado a un respirador el resto de su vida. Luego, dijeron que si sobrevivía tendría que estar conectado al oxígeno. Por último, dejaron de darle proyecciones de diagnóstico. “Bueno, es Tommy”, decían.

En abril pasado, podía caminar 3 kilómetros con una andadera, parando cada cinco minutos para descansar.

Ha progresado hasta caminar hasta seis o siete horas en las elevadas altitudes de Flagstaff. Está muy lejos del entrenamiento al que estaba acostumbrado y muy lejos de donde estaba hace apenas unos meses.

A Puzey le lleva tiempo describir su salud y su entrenamiento porque su cerebro no funciona tan bien como antes, dijo.

De hecho, cuando Puzey tiene algo que decir, va descubriendo poco a poco la mejor manera de expresarlo. “Si te mueves, sigues vivo”, repite.

Decidió intentar correr el Maratón de Nueva York no como una carrera o un regreso a los maratones, ni siquiera como una historia inspiradora. Se inscribió en la carrera porque es una luz de esperanza, explicó, algo que ha mirado en el horizonte desde hace tiempo.

“Un maratón, como cualquier prueba, sin importar la distancia, es una estampa en el tiempo y el espacio”, dijo por teléfono desde su casa antes de la carrera. “Es como una línea horizontal en el canto de una puerta en la casa de nuestra infancia. Es una marca que dice: ‘Estoy aquí en este momento preciso y en este espacio exacto’”.

Llegó a Nueva York por primera vez en su vida unos días antes de la carrera.

“Es mágico. Si existe tal cosa; se parece a eso, así se siente”.

El domingo, dijo, se vio arrastrado por esa magia; por los espectadores que dibujaron carteles para él, con frases como “La mirada arriba, Rivs”, y por la gente que se lanzó a la carrera para caminar con él durante todo el día.

Midió su progreso no por los marcadores de kilómetros, sino por lo que dijo que se movía “de un punto a otro entre estas expresiones de amor e inspiración”.

En los últimos kilómetros, con Catudal uniéndose a él, trató de pensar en algo más que en estar presente por completo. Era demasiado sobrecogedor, aseveró.

“Solo cierras los ojos, sigues avanzando y al fin llegas a la meta y, cuando llegas, hay un suspiro de alivio”, narró.

Llegó a la meta después del ocaso y de que la mayoría de los espectadores se habían ido a su casa.

Su tiempo fue de 9 horas y 19 minutos.

© 2021 The New York Times Company

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