Betty Robinson, el cadáver que se colgó una medalla… y se convirtió en leyenda

F Cornali
·Periodista de Yahoo! Argentina Deportes

Mientras los imperativos machistas y los raciocinios sobre “lo que es digno y lo que no lo es” estaban instalados como un chip en la cabeza de las niñas y adolescentes de todo el mundo a comienzos del siglo XX, Elizabeth Robinson tenía un desafío diario: debía alcanzar aquel tren que la transportaba cada día desde su casa en Riverdale (Illinois) hasta el instituto al que acudía en la vecina localidad de Harvey –y viceversa.

La mayoría de las veces, aquello no era un problema para Betty. Con sus casi 16 años, conocía la destreza de sus piernas veloces, esas que la ayudaban a divertirse venciendo a los chicos de su pueblo en carreras de kermesse o en fiestas dominicales de la parroquia. Mientras ella jugaba en Illinois, el Comité Olímpico Internacional decidía si, finalmente, el atletismo femenino formaría parte de la lista de disciplinas oficiales en los Juegos de Amsterdam 1928.

La natación, el tenis y otros deportes ya tenían a las mujeres entre sus pruebas desde Estocolmo 1912. Muchas de ellas, a pesar de su gran talento y potencial, preferían no acudir por no conseguir atuendos “decentes” para competir, u obligadas por los hombres a quedarse en casa, “preservando la dignidad”. Finalmente, el atletismo femenino fue aprobado –casi a regañadientes-, convirtiéndose además en la prueba que abriría la gran cita en Holanda.

Elizabeth Robinson.
Elizabeth Robinson.

El tren Riverdale-Harvey, Harvey-Riverdale: Estación Terminal, la leyenda

Pero volvamos al tren de cada día, Riverdale-Harvey, Harvey-Riverdale. Un día después de clases, Betty Robinson se distrajo en una charla con sus compañeras. Cuando miró el reloj, el tren que la llevaría de regreso a casa estaba presto para salir. Comenzó una carrera desesperada hacia la estación, tomó los atajos correspondientes, aquellos que sabía de memoria. Dentro del tren, el profesor de Biología observaba aquella escena con angustia, pues sabía que su alumna no conseguiría subirse a tiempo. Ninguna persona normal lo conseguiría.

Atónito, el buen señor vio como Betty no sólo alcanzó el tren, sino que además lo hizo con suficiencia, y recorría con mínima agitación el vagón buscando su asiento. “Él estaba esperando en la estación cuando el tren venía, pero yo todavía estaba en la calle. Tuve que subir corriendo por aquellas escaleras; cuando entré en el vagón y me senté junto a mi profesor, él estaba tremendamente sorprendido. Me dijo: «mañana te vamos a cronometrar en los cincuenta metros»”, contó la mujer, ya consagrada, tiempo después.

Al día siguiente, el profesor, la alumna y un joven aficionado al atletismo, se encontraron bien temprano en el campus deportivo. Betty lucía su sonrisa de siempre, como una niña lista para el juego, y las zapatillas de tenis que usaba para todo tipo de deportes. La marca que registró aquel día dejó al joven paralizado, con los ojos clavados en el cronómetro durante algunos segundos. La marca de Betty Robinson, una adolescente sin antecedentes en competencias serias, estaba a la altura de los mejores registros nacionales de mayores. “Deberías hacer algo con eso”, dijo el cronometrista, que un día después recorría las tiendas del centro de la ciudad buscando calzado apto para velocistas que se ajustase a los pies de Betty. La versión deportiva de Cenicienta.

El profesor de biología, consciente de aquel talento que no podía desperdiciarse, indagó en el periódico y anotó a Miss Robinson en competencias estatales. En su primera aparición, la adolescente casi igualó el récord femenino de los Estados Unidos. ¿Y qué hizo en su segunda carrera oficial? Sí, consiguió alcanzar el récord mundial que estaba en poco más de 12 segundos. Su tercera competencia fue la eliminatoria para los Juegos Olímpicos de Amsterdam. Casi jugando, sin perder la sonrisa y sin exigirse demasiado, Betty logró la clasificación, apenas meses después del episodio del tren.

Betty Robinson.
Betty Robinson.

La novia de Amsterdam

En Holanda le tocó enfrentarse con las mejores del mundo, aquellas que se entrenaban desde hace años mientras ella corría alcanzando trenes. Fue segunda en la primera ronda y primera en la semifinal, ambas sin exigirse demasiado y cuidando el cuerpo para la final, donde tendría como rivales a las canadienses Myrtle Cook y Bobbie Rosenfeld, dos nombres propios en el deporte de aquel país. Las alemanas Leni Schmidt y Erna Steinberg también eran candidatas al oro. Cook fue traicionada por los nervios y descalificada por partir en falso dos veces. Lloró desconsoladamente tendida sobre el césped. También Schmidt quedó fuera de competencia antes de la partida por el mismo motivo.

Con el camino allanado, Betty Robinson sabía que era su oportunidad. No la desperdició. Alcanzó el récord mundial (12’2 segundos), ganó la primera medalla dorada en la historia del atletismo femenino y cruzó la cinta de llegada con una sonrisa inmensa, que quedó inmortalizada por un fotógrafo que estaba de frente a la meta. “Cuando vi la bandera flameando y escuché el himno, lloré como una niña”, contó Robinson décadas más tarde.

Betty Robinson
Betty Robinson

Fue bautizada como “la novia de Amsterdam”: los periódicos se peleaban por entrevistarla debido a su hazaña, pero también a su carisma y su belleza. En New York, fue recibida como una heroína, ni hablar de lo que sucedió en Chicago y en su Riverdale natal, donde le entregaron las llaves del pueblo y un costoso diamante.

“Lo que Charlie Paddock, que acumula más récords de velocidad que ningún otro hombre que haya corrido jamás, no ha podido hacer. Lo que Jackson Scholz, el sprinter de St. Louis que ganó los cien metros en los Juegos de hace cuatro años, no ha podido hacer. Y lo que Lloyd Hahn, el volador de Boston, no ha podido hacer. Elizabeth Robinson, una quinceañera de Chicago… lo ha hecho. Los corredores americanos, que han sido tan fácilmente adelantados por prácticamente todo el resto del mundo, deberían comprarle a Elizabeth una enorme caja de bombones”, se leía en las páginas de un periódico, días después de la consagración de Betty en Amsterdam.

Los Ángeles, el sueño americano

Pero ella quería más. Madura y con competencias de fuste a sus espaldas, sabía que podría ser una atleta de leyenda. Cuando faltaba menos de un año para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932, aquellos en los que estaba llamada a batir todas las marcas ante su gente, en su país, Chicago ardía. El sol castigaba en el verano con más de 40 grados y la gran atleta no podía ir a nadar con sus amigos porque ésta era una actividad prohibida para los velocistas de elite. Entonces, decidió aceptar la invitación de su prima para volar un biplano que acababa de adquirir. Un poco de aire fresco en las alturas podría ahorrarle el sofocón.

Sin embargo, dos minutos después de despegar, el aeroplano falló y cayó en pedazos sobre la tierra seca. Un hombre que pasaba por allí en su automóvil se detuvo cuidadosamente al costado de la carretera y contempló aquella triste escena en busca de sobrevivientes. En el suelo, encontró a una mujer de 20 años inmóvil, muerta. Al menos, es lo que él creía. Por eso, con mucho cuidado abrazó a la joven y la cargó dando pasos lentos hasta colocarla en el maletero de su auto. De allí la llevó hasta la funeraria más cercana, para que le den un final digno. Vaya sorpresa la que se llevó este buen señor cuando los empleados de aquella casa mortuoria le explicaron que, en realidad, aquel “cadáver” estaba vivo.

El cadáver que corre

La “muerta” que apenas respiraba, que tenía el pulso débil y un aspecto tremendo, era nada más y nada menos que la sonrisa de América, la primera mujer del mundo que se colgó una medalla dorada en atletismo. En el hospital, Betty pasó dos meses en coma. Cuando despertó, supo que su sueño de Los Ángeles estaba acabado. Se había quebrado un brazo, su cadera estaba fracturada y debieron colocarle clavos y piezas de metal en una de sus piernas. Estaba condenada a una existencia casi vegetal. Sin embargo, al poco tiempo Betty se desplazaba con una leve cojera que, según los médicos, sería permanente; ya no podría flexionar normalmente su rodilla.

Tras dos años de esfuerzos titánicos y después de soportar el martirio de ver los Juegos Olímpicos de Los Ángeles desde afuera, Robinson eliminó aquella renguera, pero los médicos le recordaban cada día que jamás volvería al atletismo. Obstinada, la joven de 22 años se trazó un nuevo objetivo: volver a formar parte del equipo de los Estados Unidos. Comenzó a correr, sin contarle a nadie y con trotes suaves. Luego, le agregó un poco de velocidad. Se sintió libre, volvió a ser aquella adolescente distraída que perseguía trenes en el Condado de Cook.

Sus marcas fueron mejorando, al punto de codearse con las mejores de aquellos años. Supo que estaba lista para volver al ruedo. No obstante, su rodilla estaba destrozada y, eso sí, ya no conseguiría arrodillarse, por lo cual tampoco conseguiría participar de las competencias individuales de velocidad -comienzan con los competidores agazapados. Su último recurso era la prueba de relevos, donde las atletas reciben el testigo –o testimonio- de pie. Fueron horas, horas y más horas de entrenamiento, hasta que Betty Robinson consiguió un lugar en el equipo femenino estadounidense de la posta 4x100 que encararía los Juegos Olímpicos de Berlín, en 1936.

 

Así es como la primera medallista dorada del atletismo mundial en unos Juegos volvió de la muerte, esquivó una silla de ruedas, corrigió una cojera y, a los 25 años, estaba otra vez jugando ligas mayores.

Berlín 1936: Resurgir de las cenizas

Jessie Owens.
Jessie Owens.

 

Los Juegos Olímpicos de Berlín le sirvieron al mítico Jesse Owens para reivindicación tras colgarse cuatro medallas doradas (100 y 200 metros, relevos y salto en longitud) justo frente a los ojos incrédulos de Adolf Hitler, Joseph Goebbels y toda la cúpula de un régimen que asesinaba alegando el convencimiento por una “superioridad racial”. Hitler no saludó a Owens, pero tampoco lo hicieron en la Casa Blanca. Al poco tiempo de haber regresado a su país como héroe, el atleta volvía a sentarse en los parte trasera de los autobuses.

 

Betty Robinson
Betty Robinson

Mientras todo eso sucedía y se convertía en la comida de la prensa, Betty Robinson intentaba emular al Ave Fénix. Por delante, estaba el equipo alemán, gran candidato a quedarse con la medalla dorada en los relevos femeninos. También las canadienses y las británicas aparecían en el horizonte, intentando ocultar el sol de la nueva hazaña.

Disparo de partida. Las alemanas corrían como balas y parecían destinadas a llevarse el oro; consiguieron una ventaja considerable hasta que, a la hora de pasarse el testimonio en el tercer relevo, la mirada orgullosa de la plana nazi que observaba todo desde el palco de autoridades les hizo temblar el pulso. El objeto tocó el suelo y casi se pudo escuchar el débil impacto ante un estadio pasmado. Con las locales descalificadas, Betty Robinson salió disparada en tercer turno y le entregó la posta a Helen Stephens sin contratiempos. La mejor velocista de aquellos tiempos no tuvo problemas en el último tramo y le dio la medalla dorada a los Estados Unidos.

El final, apenas siete décadas después de su “muerte”

Al fin Miss Robinson -la sonrisa de América, la novia de Amsterdam o el cadáver que corre- supo que su carrera había terminado. Ocho años después de los Juegos de 1928, donde consiguió la medalla dorada casi sin sudar. Esta vez, escalar hasta lo más alto del podio le rindió una historia de superación.

Sabiendo sus limitaciones, Betty Robinson dejó el atletismo para convertirse en entrenadora, jueza de competencias atléticas y hasta oradora pública. Falleció en 1999, a los 87 años de edad, tras padecer cáncer y Alzheimer, según contó su marido Richard Schwartz -con quien se casó en 1939 y tuvo dos hijos- al Chicago Tribune. Debieron pasar más de siete décadas desde aquel día que la encontraron “muerta” entre los restos de un avión en Chicago hasta su muerte real. Aún le quedaba mucha historia por escribir.

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