Hugo Sánchez y los 25 años de su ‘huguina’

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Por Carlos Barrón / Excelsior
CIUDAD DE MÉXICO, 10 de abril.- Madrid, 10 de abril de 1988. La gente entra al Estadio Santiago Bernabéu con la consigna de que habrá goles... está Hugo Sánchez, ¡claro que los habrá!  No por nada lleva más de 20 en la temporada. La tarde cae ligera y derrama sobre el fino césped que parece un jardín extenso, una luz ocre que suaviza la piel de los jugadores.

Padres acompañados de sus hijos señalan al número nueve que juega de blanco y se mueve como saltimbanqui con su pelo rizado. Ningún defensa del Logroñes es capaz de detenerlo.

De pronto, la atención se centra en un punto de gravedad. El balón vuela hacia Hugo. Los fanáticos mayores lo intuyen, los chicos abren la boca. El delantero mexicano no parece aturdirse. En fracciones toma tres decisiones: se desliza sobre el césped con pasos seguros, mira a su alrededor para realizar el tiro que ya pensó en su cabeza y finalmente salta. Y hay un momento en el que logra liberarse de su peso y ser el dueño absoluto de sí mismo. Es entonces cuando se convierte en malabarista. Viene la chilena y el balón entra por la escuadra. Remate fantástico, de otro planeta.

“Fue el gol de mis sueños”, relata el propio Hugo Sánchez para Excélsior; “era con el Real Madrid y con el estadio lleno. Desde niño imaginé esa estampa para enmarcarla el resto de mi vida. Durante el desarrollo de la jugada había visualizado la manera en que terminaría con mi remate, pues ya sabía cómo vendría el centro de Rafael Martín Vázquez, ya que lo conocía muy bien; siempre fue mi compañero de habitación y un gran asistente”.

El pase de izquierda llegó alto, a más de dos metros, pero Hugo se elevó para contactar la pelota casi a la altura de un techo común de una casa. Nunca se sintió obligado al gol, antes bien se divertía con los obstáculos del remate inverosímil. La acrobacia depende del temperamento. Apareció después la clásica voltereta circense para celebrar. En Madrid, a esas alturas, juraban que ese hombre no era de esta galaxia.

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“Lo primero que pensé es que de haber tenido más años, hubiera agarrado la pelota del fondo de la portería y me hubiera ido del estadio. El primero en felicitarme fue Emilio Butragueño, siempre en su manera cauta de hablar, con palabras muy comedidas, luego vino Michel con su personalidad irreverente y me dijo: ‘Vaya gol que has hecho, ¡cabrón!’; incluso los rivales y el árbitro me dijeron calificativos así de altisonantes’”.

La primera vez que Hugo Sánchez vio una chilena en un campo de juego fue por su padre, Héctor. Le gustó tanto aquel remate acrobático de un solo toque que se prometió un día hacerlo en un estadio magnánimo y empezó un ejercicio infinito de paciencia y práctica. Ese 10 de abril de 1988, en Madrid, una horda de pañuelos blancos sacudían las gradas, como si se tratara de una plaza de toros, empujando al delantero mexicano a la inmortalidad.

“Estaba en el estadio con mi padre”, cuenta Tomás Roncero, socio del Real Madrid y periodista del diario deportivo As; “es como si Hugo hubiera tenido un retrovisor. Yo estaba de pie en el Fondo Sur y el gol fue en el Fondo Norte, pero vi el vuelo genial desde mi perspectiva. Es el gol más bonito de Hugo por la plasticidad. Al salir, todo era un manicomio; los que lo vimos en vivo pensamos que nos volvíamos locos”, refiere Roncero.

Incluso, el técnico holandés Leo Benhakker, que no tuvo del todo una buena relación con el pentapichichi, dijo al final del partido: “Después del gol de Hugo, lo correcto hubiera sido terminar el partido e irnos todos a festejar por la belleza con que lo hizo”.

En España se encuentra la querencia natural de Hugo Sánchez. Lo idolatran y estiman como en pocos lugares. A la chilena tienden a decirle tijereta y, desde 1988, cualquier gol similar que caiga es al estilo “huguina, así como suena, no es huguiña. Estoy contento porque reconocen con cariño tantos goles de huguina que hice y recuerdan con especial amor el gol de mis sueños”, dice Hugo Sánchez.

“Levitó sobre los defensas”: Buyo, portero merengue

 En varias ocasiones, el portero Francisco Buyo tuvo que aceptar los goles de Hugo Sánchez en los entrenamientos del Real Madrid. La primera vez que lo vio quedarse después de los mismos para tirar a portería, comprendió de dónde le venía la fama de malabarista del remate. No paraba el mexicano de embocarla en el arco contorsionándose de todas las formas y con tiros que salían de cualquier parte de su cuerpo.

Por ello, cuando desde lejos, del otro lado del campo vio el remate en el partido contra el Logroñés, no se sorprendió.

“Hugo siempre fue así, extraño era que fallara. Siempre fue un hombre con mucho valor, no le daba miedo intentar cualquier tipo de remate. El sol caía hacía aquel lado, así que pude ver todo sin problemas, muy bien iluminado. Lo miré levantarse por encima de todos, era como si levitara por las cabezas de los defensores. El balón salió como una raya. De esas vi miles en los entrenamientos”, recuerda para este diario.

Paco Buyo, conocido como, El Gato de Betanzos por haber nacido en esa localidad gallega, compartía  vestidor con Hugo dos años antes de la célebre chilena. Llegó del Sevilla y resguardó el arco madridista con autoridad.

“Ganamos aquel partido 2-0. Lo cierto es que tras el remate de Hugo el marcador era lo de menos. Logroñés era un equipo bueno, que daba pelea, pero igual si hubiéramos empatado o perdido, nada importaba, el gol de chilena todo lo borró; a partir de ahí comenzó una nueva forma de entender esos remates en España”.

Cuando la belleza duele

Juan Antonio Pérez Sáez tiene ahora 61 años y una tienda en Tudela, Navarra. Hace 25 le metieron un gol de chilena que se le ha enquistado de tanto verlo en repeticiones, porque la imagen le sigue dando la vuelta al mundo. Jamás creyó que su participación como telonero de una de las anotaciones más bellas le doliera tanto.

“Es un gol más, como cualquier otro”, dice a Excélsior después de que el departamento de ventas de la tienda le pasa la llamada.

“Siempre que se habla de Hugo Sánchez, lo primero que se menciona es el gol al Logroñés en el Bernabéu”, refiere.

Dicen que el remate de chilena es odiado por los porteros porque es inesperado, “pero en el caso de Hugo, era clásico. La verdad es que ni los defensas ni yo hemos podido hacer algo”. Pérez tiene poca paciencia al hablar de un recuerdo que lo desenchufa de su realidad. Se ha olvidado de sus dos temporadas con el Logroñés y de ese gol que le lastima mucho, “como a toda la ciudad de Logroño también. No es divertido hablar de que a uno le meten un gol”.

Dice que no pensó en nada cuando fue a recoger la bola de las redes, “sólo quería que se reanudara el partido”, y que nunca felicitó a Hugo Sánchez, “muchos años después, cuando por casualidad coincidimos, yo ya retirado, sólo le di un saludo normal y corriente, como a cualquier otra persona”.

Para Pérez Sáez la jugada no tiene atributos estéticos.

“Hice una estirada normal, como lo haría cualquier portero en un partido de futbol, y nada más. Ahora, discúlpeme, tengo que revisar mi tienda y no pienso pasarme tantos minutos hablando del gol”.

La tienda del ex portero del Logroñés no tienen nada alusivo a Hugo Sánchez.

El espectador más cercano

No había persona más cercana a Hugo Sánchez al momento de su remate que el defensa Casimiro Torres, el espectador más cercano de esa bella anotación en el Bernabéu. Pero Torres, de espalda angosta que portaba el número 6 de la camiseta del logroñéz, no quisiera haber estado ahí sin poder hacer nada.

“Le juro que estaba palpando a Hugo. No es que tuviera una marcación personal sobre él, pero lo estaba rozando con la yema de los dedos, pero en un instante lo perdí, un pestañeo, y cuando reaccioné estaba en los aires haciendo la pirueta de su gol. Hombre, ¡qué se le va hacer!”, dice con humor, aceptando que fue parte de una jugada histórica.

Compara a Hugo Sánchez con Quini, delantero del Barcelona y el Sporting de Gijón que ganó siete veces el trofeo Pichichi.

“Hugo era un rematador excepcional, nato. El Real Madrid de por sí hacía muchas ocasiones de gol con la quinta del Buitre y con un rematador auténtico culminaban todo, era imposible frenarlo.”

La noche del domingo 10 de abril de 1988, Casimiro Torres por primera vez no vio los resúmenes deportivos, “no quería. Tuvieron que pasar varios meses para que digiriera la repetición. En estas fechas tampoco me agrada mucho verme parado, estático frente a Hugo, pero es la historia, no puedo hacer nada ya”.

La buena temporada del Logroñes trajo consigo la desbandada del equipo. El portero Juan Antonio Pérez se fue de la institución, lo mismo que Torres, que partió al Elche, donde permaneció dos años hasta pasar a Segunda División con el Torrevieja y retirarse ante una lesión de pubis a los 31 años Ambos, portero y defensa del Logroñés, quedaron en la historia, aunque casi no se sepa de ellos en medio de la grandeza del gol de Hugo Sánchez.




































































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