Bienvenido al Wrexham: "Un infierno horrendo, cíclico y profético que nunca cesa"

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Los copropietarios de Wrexham, Ryan Reynolds y Rob McElhenney, antes de un partido. (Foto: Reuters/Andrew Boyers)
Los copropietarios de Wrexham, Ryan Reynolds y Rob McElhenney, antes de un partido. (Foto: Reuters/Andrew Boyers)

Lo primero, y quizás lo más importante, es que Ryan Reynolds y Rob McElhenney parecen ser sinceros. Por supuesto, no es fácil estar completamente seguros: después de todo ambos son actores y, a fin de cuentas, una reunión por Zoom de 45 minutos quizás no sea el formato ideal para medir el alma de alguien.

Sin embargo, si su entusiasmo y afecto por el Wrexham, el descuidado equipo de fútbol galés que compraron hace dos años —así como la localidad a la que llama hogar—, es una actuación, entonces es una muy convincente. Por estos días, McElhenney mira los juegos del Wrexham mientras camina “de un lado a otro, incapaz de quedarme quieto”, afirmó. “No hay nada como la ansiedad que produce el fútbol”.

En todo caso, comparado con Reynolds, ha salido bien librado. McElhenney tiene toda su vida siendo aficionado de los Eagles de Philadelphia, lo que ha sido a la vez una bendición y una maldición y que ha servido para dejarlo inmune —hasta cierto punto— contra los estragos de ser un aficionado, incluso tras haberse “enamorado de forma profunda y loca” del Wrexham.

Reynolds, por otro lado, tenía una indefensión pura, inmaculada. Había fomentado cierto tipo de debilidad por los Canucks y los Whitecaps, los equipos de hockey y fútbol de Vancouver, su ciudad natal, pero admitió que sería una exageración identificarse como un aficionado.

Al principio, se preguntó si quizás tenía resistencia a la sensación. Solo miró de reojo algunos primeros juegos del Wrexham tras su adquisición (por parte de él y McElhenney) en febrero de 2021. Según sus propias palabras, era “bastante pasivo”. Eso no duró mucho. Cuando lo sintió, lo hizo con fuerza.

Es un infierno horrendo, cíclico y profético que nunca cesa o decae”, afirmó, en lo que es sin duda una frase que sugiere que Reynolds ha llegado a comprender muy bien el atractivo del fútbol. “Amo cada segundo, pero es un tormento en igual medida. Cada segundo es agonía pura. Es una experiencia nueva para mí. Estoy asombrado ante las personas que han sobrevivido en esa cultura toda su vida”.

Los copropietarios de Wrexham, Ryan Reynolds y Rob McElhenney, en las gradas durante un partido. (Foto: Reuters/Paul Burrows)
Los copropietarios de Wrexham, Ryan Reynolds y Rob McElhenney, en las gradas durante un partido. (Foto: Reuters/Paul Burrows)

En realidad, ni McElhenney ni Reynolds habían anticipado el alcance del impacto emocional cuando, a finales de 2020, el primero contactó al segundo para presentarle una propuesta. McElhenney había pasado una parte considerable del confinamiento pandémico viendo documentales deportivos: el aclamado “Del Sunderland hasta la muerte” fue uno de ellos, y más significativamente una serie de HBO sobre Diego Maradona. McElhenney decidió que quería agregar su propia producción al canon, y quiso que Reynolds —quien era más un conocido que un amigo en aquel momento— lo ayudara a financiarlo.

El resultado, “Welcome to Wrexham”, es conmovedor, divertido y encantador, pero también difícil de categorizar. En un momento, Reynolds lo describe —quizás por equivocación— como un “programa de telerrealidad”, pero eso se siente reduccionista. Lo mismo ocurre con el término ligeramente eufemístico de “realidad estructurada”, un género caracterizado recientemente por la reluciente “Selling Sunset”, de Netflix.

Pero tampoco es, estrictamente hablando, un documental, no en el sentido tradicional, no en la forma en que “Del Sunderland hasta la muerte” es un documental. Existe una regla ancestral entre los fotógrafos y documentalistas de la vida silvestre de que ellos están presentes para observar, no para intervenir. Incluso David Attenborough sigue el mantra de “la tragedia es parte de la vida”. Prevenirla, decía, sería “distorsionar la verdad”.

“Bienvenido al Wrexham”, por el contrario, es inherentemente intervencionista. Wrexham había estado a la deriva, abandonado y desesperanzado, en la quinta división del fútbol inglés durante más de una década cuando fue adquirido, de la nada, por dos estrellas de Hollywood. Reynolds y McElhenney no están simplemente contando una historia. También la están moldeando.

Un ejemplo claro de esto se da en lo que parece ser un corte inocuo en la mitad del segundo episodio de la serie. De repente, el espectador se encuentra en la casa de Paul Rutherford, el veterano mediocampista local del Wrexham. Con evidente orgullo, Rutherford muestra todo el trabajo que él y su esposa, Gemma, han hecho en su casa: pusieron la escalera, bajaron los techos e instalaron un baño en el primer piso.

Pero resulta que la casa está a punto de ponerse más concurrida. La pareja ya tiene dos niños; un tercero está en camino. Rutherford está en ese momento construyendo la cuna del bebé. Luego, se le muestra jugando al fútbol con su hijo mayor. Al terminar, lo lleva a casa sobre sus hombros. La escena es conmovedora, amena y profundamente inquietante.

Cualquiera que haya visto un documental sobre la vida silvestre en el que una joven jirafa se separa de la manada, o una película de terror en la que un adolescente experimenta un corte de electricidad, o un segmento de “El partido del día” en el que se muestra a un jugador recibiendo una inocua y temprana tarjeta amarilla, reconoce la señal. Algo malo está por suceder.

Los copropietarios de Wrexham, Ryan Reynolds y Rob McElhenney, antes de un partido. (Foto: Reuters/Andrew Boyers)
Los copropietarios de Wrexham, Ryan Reynolds y Rob McElhenney, antes de un partido. (Foto: Reuters/Andrew Boyers)

Lo malo, en este caso, ocurre en el último partido de la temporada del Wrexham, pocos meses después de la adquisición. El equipo necesita ganar para clasificar a la postemporada. Rutherford, presentado como un suplente, es expulsado del juego por una entrada defensiva imprudente. Lo vemos en el vestuario, con el pecho agitado, exhortando a sus compañeros a ganar el partido sin él. No lo logran. Wrexham se queda corto con un empate. Su temporada ha terminado. Luego vemos un subtítulo. El contrato de Rutherford expiró al día siguiente y no se lo renovaron. Lo dejaron ir. Rutherford era la jirafa.

Así es la fría realidad del fútbol, por supuesto. Es un deporte que no tiene apetito por los sentimientos y —en el nivel que ocupa el Wrexham— tampoco tiene dinero para ello. Una innumerable cantidad de jugadores sufre el mismo destino de Rutherford cada temporada. Son víctimas de la implacable crueldad del deporte. Su historia, aparte quizás de las circunstancias de su despedida, no es nada excepcional.

Reynolds y McElhenney tienen claro que, si bien en última instancia son los responsables, no fueron ellos quienes tomaron esa decisión. Las decisiones de plantilla se dejan en manos de los que están sobre el terreno en Wrexham, aquellos que conocen el deporte mucho mejor que ellos. Nadie es contratado o despedido porque genera un buen drama; su compromiso, afirmó Reynolds, es simplemente hacer lo mejor por el Wrexham como entidad.

“Para mí, los deportes no tienen sentido a menos que sepa lo que está en juego para alguien”, afirmó Reynolds. “Lo que un jugador tuvo que superar para estar ahí. Lo que significa un club para una comunidad. Si pienso en las películas que me marcaron; ¿Es “El campo de los sueños” una película sobre béisbol? No realmente. Es una película sobre un padre y un hijo que intentan conectar. Ese contexto es el que te atrae”.

En el fondo, por supuesto, lo que Reynolds y McElhenney han hecho con el Wrexham es una forma inherentemente benigna de propiedad, sobre todo para los estándares del fútbol. No han cargado de deudas al club. No lo están utilizando para tratar de limpiar la imagen de un Estado represor. Le han dado a un club y a una ciudad razones para creer, y todo por el precio de un par de equipos de producción con cámaras.

Su propiedad, insisten, no depende de que “Welcome to Wrexham” sea un éxito. Están en esto “a largo plazo”, aseguró Reynolds, aunque la audiencia esté o no allí. Por supuesto, ya han afectado la historia del equipo y muy posiblemente de la ciudad. Pero no son meros observadores. También están involucrados en la historia, por lo que el equipo y la ciudad han hecho exactamente lo mismo con ellos.

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