Haciendo un balance en el receso por la Copa del Mundo

Al final, el sueño no pudo sostenerse del todo. El Union Berlin, el equipo poco conocido y sin pretensiones proveniente del bosque, había alcanzado la cima de la Bundesliga por primera vez a principios de septiembre. En ese entonces, tenía un aire de ser el tipo de historia para sentirse bien un momento que los primeros días de la temporada puede generar: por supuesto, no fue una casualidad, sino una confluencia de circunstancias que era poco probable que durara.

Nadie esperaba que el Union permaneciera en lo más alto durante mucho tiempo, menos cualquier persona conectada con el propio Union. En los últimos años, el nivel más alto del futbol alemán se ha acostumbrado al advenimiento repentino de equipos no favoritos supercargados en sus filas, desde el Hoffenheim, el viacrucis de un multimillonario local, hasta el RB Leipzig, la creación artificial de un conglomerado de bebidas energéticas.

Aunque la trayectoria del Union había sido similar, sus métodos (y su esencia) son muy diferentes. Ha estado rondando las categorías más bajas de Alemania desde la reunificación, solo que en ocasiones ha necesitado que sus fanáticos reconstruyan su decadente estadio o que donen sangre para evitar la bancarrota, el tipo de equipo en el que las ambiciones no se extienden más allá de mantenerse.

Tan solo ascender a la Bundesliga por primera vez en su historia, hace tres años, fue un buen logro, una gran recompensa por una década de prudencia y paciencia. La fantasía no llegaba más allá de desalojar al Hertha como el club más exitoso de la capital alemana y tal vez hacer una incursión en las competiciones europeas. El Union completó ambos retos en tan solo su segunda campaña.

Ver su nombre en lo más alto del futbol teutón no era parte del plan. El Union, incluso en la mente de sus hinchas, era un intruso. La realidad se entrometería pronto. Sin embargo, entre más tiempo permanecía ahí, más cómodo se sentía, más parecía acostumbrarse al lugar.

El Borussia Dortmund fue al bosque un día y se llevó una gran sorpresa. Una victoria en el minuto 97 acabó con el Borussia Monchengladbach. El Union estaba probando ser más difícil de cambiar de lo que habían anticipado. De repente, la posibilidad de ver al equipo de Urs Fischer como líder de la Bundesliga, como un poco probable contendiente al título, mientras se juega la Copa del Mundo parecía cristalizarse.

Entonces, la semana pasada, la realidad llegó rápido y sin piedad. El Union había estado conteniendo los ataques del Bayer Leverkusen (que lucha contra el descenso y ya despidió a un entrenador esta temporada) hasta el medio tiempo, sus virtudes habituales de trabajo arduo y organización se mantenían firmes. Sin embargo, 45 minutos después, todo había terminado, con una derrota 5 a 0, tan aturdido y desorientado como si acabara de despertar de un sueño lúcido. Y con eso, el antiguo orden se había reestablecido a sí mismo.

Para el miércoles, el Bayern Munich tenía 4 puntos de ventaja en la cima. El óxido de su propio inicio de temporada que desde hace mucho tiempo se sacudió y con el pie ahora puesto firmemente en el acelerador, el Bayern podía mirar adelante y ver otro título (¿cuál es? ¿El 11? ¿El 14? Ya poco importa), al parecer, agarrado con firmeza contra su pecho.

El doloroso ascenso y la repentida caída del Union se siente un poco como una parábola de qué ha pasado en toda Europa conforme las ligas del continente han metido a la fuerza tantos juegos como sea posible antes de un no bien recibido receso por la Copa del Mundo.

El calendario comprimido y contraído se suponía que añadiría una capa de caos a los procedimientos para hacer que los torneos locales que han llegado a parecerse a una procesión solo más salvaje, un poco más indómita, de que lo de manera ordinaria podrían ser. Sin embargo, si algo ha ocurrido es lo opuesto. El Bayern entrará al receso estando en la parte alta de la tabla. También el Paris Saint-Germain en Francia. En España, el Barcelona ha logrado separarse un poco de su rival, el notable e intrépido Real Madrid.

No obstante, mira un poco por debajo de la superficie y hay señales de agitación y cambio. No es solo que (con una ronda de partidos por disputar) el Arsenal lidere la Liga Premier y el Manchester City le pise los talones o que el Nápoles, el mejor equipo para ver en Europa, haya establecido un liderato saludable en la Serie A.

Es que, en todo el continente, todos excepto un puñado de gigantes han pasado al menos parte de los últimos meses tambaléandose. En Inglaterra es más claro el patrón, donde el Chelsea despidió a Thomas Tuchel; el Tottenham ha estado envuelto en una angustia existencial; el Manchester United ha rebotado de la crisis a la esperanza y de regreso, y el Liverpool que ha, en ocasiones de verdad olvidado cómo jugar futbol. El Newcastle United se ubica en la actualidad en el tercer lugar en la Liga Premier. Más indicativo es que el Brighton sea sexto.

El patrón se cumple también en otros lugares. La Juventus, ya eliminada de la Liga de Campeones, solo le ve el polvo al Nápoles en la competencia local, su único consuelo es que el Inter de Milán está en el mismo lugar. El Atlético de Madrid está fuera de Europa y lucha para calificar para la Liga de Campeones de la próxima temporada; el Dortmund, el Ajax y el Sporting Lisboa, entre otros, están en el mismo bote.

No es ninguna sorpresa que cada uno de esos equipos ya ha participado en alrededor de veinte partidos, apretados en un periodo de apenas tres meses, tanto en la competición local como la europea. La explicación de la navaja de Ockham para sus tribulaciones es que han encontrado el ritmo demasiado acelerado y las demandas demasiado exigentes para mantener sus estándares habituales.

Que algunos equipos hayan permanecido impertubables ante las exigencias de esta temporada extraña no es una sorpresa realmente. Algunos, tales como el Bayern, el PSG y el Manchester City, debido a su riqueza están de todas las crisis excepto las más urgentes. Otros, incluyendo al Arsenal y al Nápoles, han visto una ola y lograron subirse en ella.

Por supuesto, la pregunta ahora es qué tan duradera probará ser cualquier parte de esto. Lo que nos aguarda del otro lado del receso podría ser una continuación o un cese del caos. Esto, en esta encrucijada, es difícil de predecir.

Tal vez el antiguo orden se reestablecerá a sí mismo, cuando el fantasma de la Copa del Mundo se haya desvanecido. Quizá la fatiga, mental y física, acumulada en Catar va a contorsionar el resto de la temporada de formas aún más curiosas. Podría resultar ser el momento en el que la realidad se entromete. O podría ser solo una pausa en un sueño en desarrollo.

______

Cuidado con lo que deseas

No es del todo cómodo elogiar los logros de lo que es, en realidad, un vehículo de inversión impulsado por las ganancias diseñado para aumentar la riqueza ya absurda de los multimillonarios.

Las motivaciones de Fenway Sports Group (FSG) para el Liverpool (como es el caso de tantos dueños de tantos clubes) nunca han sido puras. Han estado presentes en Anfield, desde que compraron al equipo cuando atravesaba problemas en 2010, no por el amor al juego o incluso la emoción de la competencia, sino debido al retorno de inversión que algún día generaría.

Al parecer, ese día ha llegado. Inspirado (lo más probable) por el frenesí de interés en adquirir al Chelsea hace unos meses, FSG ha decidido que es tiempo de cobrar. Como se reportó hace unos días, está preparando y diseminando una propuesta a inversionistas potenciales.

No hay razón para creer que una venta es inminente. Ciertamente, no hay razón para creer que los propietarios tienen prisa. Sin embargo, si alquien quiere entregarles unos 3000 millones de dólares, parecen estar felices de negociar.

Habría, entre los fanáticos del Liverpool, algunos (tal vez muchos) a los que no les dolería que se fueran. FSG siempre ha aclarado que espera que sus activos sean autosustentables; nunca ha pretendido que está preparado para gastar con el suficiente lujo para igualar a los tres clubes que, en palabras de Jürgen Klopp, no pueden fracasar. Hay algunos fanáticos (tal vez muchos) que ven a FSG como un obstáculo, en lugar de una fuente, del éxito del Liverpool.

Por supuesto, esa lectura ignora no solo el hecho de que es durante la gestión de FSG que el Liverpool ha sido transformado de un gigante a la deriva en quizás el club más vanguardista del futbol, pero también que ha ganado bajo el liderazgo del grupo casi cada trofeo que puede ganar y lo ha hecho mientras su infraestructura física, desde el estadio hasta el campo de entrenamiento, ha sido actualizada y mejorada. La era de FSG en el Liverpool tiene un legado que puede ser sopesado no solo en oro, sino también en concreto.

Además, desear el fin de esa era ignora el asunto espinoso de qué vendrá. Liverpool sería vendido por un precio alto, uno que descarta a todos menos a un puñado de interesados. Muchos de ellos llegarían con compromisos mucho más desafiantes que las acusaciones de parsimonia. Después de todo, el dinero en ese volumen en raras ocasiones es puro.

Esto no quiere decir que FSG ha sido un propietario perfecto. No lo ha sido. Ha cometido errores, atroces, y tuvo que disculparse por ellos más de una vez. Sin embargo, es difícil evitar la sensación de que, a quien sea que los propietarios lo vendan y cuando lo vendan, probablemente en retrospectiva se vean mucho mejor de lo que algunos sintieron que se veían en tiempo real.

© 2022 The New York Times Company