La Argentina goleó a Italia: del roce europeo salió un seleccionado más fuerte y convencido

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Lionel Messi levanta el trofeo: una victoria que le da más fuerza a la selección
Frank Augstein

Faltaba roce europeo y de ese contacto del que no se tenía referencias desde hacía más de dos años se salió intacto. Y mucho más también: fortalecido, con las convicciones afirmadas y la certeza de que el camino es el correcto. La larga supremacía en América del Sur también puede tener un reflejo en Europa. En la Finalissima contra Italia, el seleccionado argentino no se desfiguró ni se perdió en el trayecto al cruzar el Atlántico. Supo mantener una identidad, un estilo. Reconocible, aquí y allá, lo cual representa un elogio de calado para todo equipo. Y más para esta Argentina que se sigue poniendo en forma para el Mundial, al que mira con ilusiones fundadas.

El imponente y majestuoso Wembley se transformó en cualquier estadio argentino, con miles de compatriotas festejando una goleada y cantando “ooole, ooole...”. Con los jugadores entonando en el centro del campo como en el Maracaná hace menos de un año: “Que de la mano, de Leo Messi, todos la vuelta vamos a dar...”. Un 3-0 a Italia que no estaba en la minuta, pero este seleccionado argentino se sigue dando sus gustos. Tras 28 años sin títulos, cayeron dos en menos de doce meses. Rey de América y también intercontinental. Otra copa, una nueva estrella.

Messi conduce ante la marca de Leonardo Bonucci; el capitán fue la figura en Londres.
GLYN KIRK


Messi conduce ante la marca de Leonardo Bonucci; el capitán fue la figura en Londres. (GLYN KIRK/)

Aunque suene a paradoja, los titulares argentinos, todos ellos en clubes europeos, habían perdido la noción de lo que era confrontar en el nivel seleccionado contra un europeo. Había curiosidad e intriga por saber cómo sería medirse con ese metro patrón. Algo que no ocurría desde octubre de 2019, en un 2-2 ante Alemania. La prueba contra Italia fue superada con un sobresaliente.

Esta Italia desconcertante, tan capaz de sostener un largo invicto y tener su cuarto de hora glorioso en la última Eurocopa como de quedar afuera de un Mundial por segunda vez consecutiva. Una afrenta a su rica historia. Una Azzurra para el diván, a mitad de camino entre su antropológico afán defensivo y el intento de abrirse a un juego más asociado y ambicioso. Problema de Italia, en el que supo escarbar Argentina, que constató la validez de las armas y recursos con los que obtuvo la Copa América y se clasificó holgadamente al Mundial.

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La Argentina fue fiel al guion que se le conoce: jugó y luchó; no se desesperó en los pasajes que Italia tomó la iniciativa y apretó. Cuando Italia más se le animaba, la castigó con su poder de fuego. Y con Messi como bandera. Un Leo con el plus de motivación y ganas que le cuesta encontrar en ese seleccionado más desangelado que es Paris Saint Germain. El capitán ocupó preferentemente el carril del N° 8, entre De Paul y Di María. Pero se sabe que la geografía de Messi es todo el frente de ataque, según lo que le indique su intuición y capacidad de lectura del juego, que la posee de sobra. Por eso apareció en un momento por la izquierda como receptor de un muy buen movimiento de presión y recuperación de la pelota entre Tagliafico y Lo Celso. Quizá Messi ya no tenga la explosión para superar a un defensor en velocidad, pero sí sabe usar el cuerpo para cubrir la pelota. Se lo llevó colgado a Di Lorenzo y del desborde sirvió la asistencia para la puntualidad goleadora de Lautaro Martínez.

Paulo Dybala festeja su gol, el del 3-0, en el cierre del partido; con él, Nicolás González, que también ingresó a los 45 minutos del segundo período.
GLYN KIRK


Paulo Dybala festeja su gol, el del 3-0, en el cierre del partido; con él, Nicolás González, que también ingresó a los 45 minutos del segundo período. (GLYN KIRK/)

El 1-0, a los 28 minutos del primer tiempo, fue una bisagra, rompió con la paridad y los dominios alternados que había hasta ese momento. La Argentina suele ser un equipo que crece con resultado a favor, se agranda en el buen sentido. Empieza a hacer el juego del gato con el ratón. Lo atrae y envuelve. Lo deja venir y lo ejecuta. Lo puede lastimar por la vía de la elaboración o del juego directo, como lo hizo en el 2-0, con el saque largo de Dibu Martínez, el excelente pivoteo de Lautaro Martínez para sacarse de encima a Bonucci con un giro y habilitar la diagonal de Di María, definidor con marca registrada: toquecito con el empeine por encima de la salida de Donnarumma.

Abrazo entre dos amigos: Ángel Di María y Messi, en la celebración del segundo gol argentino, que anotó Fideo.
Matt Dunham


Abrazo entre dos amigos: Ángel Di María y Messi, en la celebración del segundo gol argentino, que anotó Fideo. (Matt Dunham/)

Italia hizo varios cambios para el segundo tiempo, pero la Argentina controló todos los registros: el juego, el táctico y el emocional. Se jugó a lo que quiso la Argentina. Con Messi de director de orquesta, goleó a un rival cada vez más impotente, que respondía con más de un codazo a la superioridad rival. Messi buscó su gol, no lo encontró por detalles. Sí lo hizo Paulo Dybala, tantas veces negado con la camiseta argentina. Entró a los 90 y segundos después clavó un zurdazo junto a un palo.

Wembley, Italia, goleada, el invicto récord que se alarga a 32 partidos y copa. Un encadenamiento prestigioso, inmejorable. La Argentina estuvo a la altura, sigue cobrando vuelo con destino a Qatar. Rompió el cascarón sudamericano, amplió sus límites. Europa ya está avisada.

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