La increíble historia de superación de Alejandro Davidovich

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Alejandro Davidovich mostró por fin todo su potencial en Montecarlo. Foto: REUTERS/Denis Balibouse
Alejandro Davidovich mostró por fin todo su potencial en Montecarlo. Foto: REUTERS/Denis Balibouse

El 19 de abril de 2021, cerca de cumplir los 22 años, Alejandro Davidovich-Fokina entraba por primera vez entre los cincuenta primeros del ránking ATP. Había sido el suyo un despertar tardío, lleno de lesiones y de problemas para mantenerse en la élite, pero, por fin, ahí estaba. Mes y medio después, Davidovich jugaba los cuartos de final de Roland Garros, ni más ni menos, cayendo contundentemente contra Alexander Zverev y rozando el top 30, es decir, candidato por méritos propios a ser cabeza de serie en los siguientes grand slams y olvidarse de una vez de las fases previas y las entradas en el cuadro en el último momento.

Además de los cuartos de Roland Garros, Davidovich tenía recientes los octavos del US Open de 2020. Aquel chico que asombrara al mundo en Wimbledon 2017, ganando el torneo junior sin perder un set, por fin parecía estar de vuelta. Malagueño de pura cepa aunque de padres rusos, Alejandro había sido durante años, prácticamente hasta la irrupción de Carlos Alcaraz, la gran esperanza de relevo en un tenis español que no hacía sino avejentarse. Nicola Kuhn, compañero de generación, se había quedado por el camino, pero él ahí seguía: se clasificó para los JJOO y llegó lo más lejos que pudo: octavos de final, donde se cruzó con Djokovic. Poco sabía que la pesadilla estaba a punto de volver a empezar.

De agosto a final de año, Davidovich jugó catorce partidos... y perdió nueve. Su ranking volvió a caer más allá del top 50 y siguieron las derrotas en primeras rondas: su primer partido de la temporada, en Sidney, fue una derrota en dos sets ante el serbio Dusan Lajovic. A partir de ahí, a la mala racha de resultados se le juntó una mala suerte en los sorteos que rozaba lo cruel. En Melbourne, perdió con Auger Aliassime (top 10) en segunda ronda, después de cuatro disputados tie-breaks. Se fue a Rotterdam y su primer rival fue Stefanos Tsitsipas (top 5), al que también forzó hasta el último aliento antes de caer eliminado. La primera ronda de Dubai fue contra otro top 10, Jannik Sinner, y en Indian Wells se cruzó con Denis Shapovalov (top 15) en segunda ronda.

Por supuesto, hubo un par de derrotas innecesarias, como la que sufrió ante Federico Coria en Marrakech hace dos semanas, pero Davidovich estaba jugando bien: estaba compitiendo con rivales en principio muy superiores sobre todo tipo de pistas. Viajaba a tal torneo, se deprimía al ver el cuadro y aun así luchaba hasta la última bola, con habituales desconexiones mentales en los momentos clave. Es muy difícil decir que un jugador que ha ganado nueve partidos en ocho meses está a un buen nivel, pero lo cierto es que Alejandro estaba a buen nivel. Así, hasta que llegó el sorteo del cuadro de Montecarlo, el primer Masters 1000 sobre tierra batida, y cuando fue a mirar su rival lo encontró en lo más alto de la hoja: el número uno del mundo, Novak Djokovic.

Ahí, un deportista tiene dos opciones: venirse abajo definitivamente, culpar al destino y a la mala suerte y abandonarse hasta que, por fin, le tocara un cuadro propicio... o decir "esta es la mía: todo el mundo va a estar pendiente de Djokovic; todo el mundo va a ver ese partido confiando en un paseo del serbio pese a su ausencia; todo el mundo va a aprender de una vez quién es Alejandro Davidovich-Fokina". De las dos opciones, el malagueño eligió la más complicada, es decir, la segunda. Empezó su partido contra Djokovic como un ciclón, se hizo fácilmente con el primer set y cuando iba por delante en el segundo, empezó a cometer sus habituales errores prescindibles.

Todo apuntaba a una reedición de varios de sus partidos de este año: casi, casi, casi... pero al final, nada. Davidovich se resistió a cumplir la profecía pesimista. Ganó el tercer set y con cierta claridad. Había sido mejor que el mejor y no podía dejar pasar esa oportunidad. Después de Djokovic, ganó a Goffin y luego tuvo dos batallas larguísimas contra Taylor Fritz -ganador este año en Miami- y la eterna promesa Grigor Dimitrov, que va ya para los 32 años. Derrotó a ambos en tres sets porque rendirse había dejado de ser una opción. Por fin, después de años y años buscando su oportunidad, esta había llegado en el momento más inopinado: estaba en una final de Masters 1000.

Para muchos fue una enorme sorpresa. El nombre de Davidovich no le decía nada a demasiada gente. Demasiado tiempo bajo el radar como para no pensar en una flor de un día, un torneo afortunado, una semana mágica. Pese a su derrota en dos sets contra Stefanos Tsitsipas, que defendía el título de 2021, yo me niego a pensar que esto vaya a ser así. Me niego a pensarlo porque Alejandro siempre ha tenido el tenis para llegar lejos. ¿Cómo de lejos? ¿Finales de Grand Slam y números uno del mundo? Probablemente, no, pero en un circuito equilibrado como el que nos espera cuando Djokovic y Nadal den por fin paso al resto, Davidovich tendrá más momentos de estos, más finales, más momentos de gloria.

El malagueño va a cumplir en breve 23 años. No son pocos, pero tampoco son muchos, precisamente. Tiene prácticamente toda su carrera por delante. Si consigue centrarse, si consigue evitar las lesiones, si consigue el grado de confianza necesario, Davidovich debería ser un habitual de las rondas finales de los grandes torneos. El malagueño tiene un talento enorme, solo tiene que creer un poco más en sí mismo. En cuanto lo consiga, en cuanto empalme dos o tres grandes resultados, se consolidará entre los veinte primeros... y a partir de ahí, motivos hay para soñar.

Vídeo | Magistral Davidovich: jugará su primera final de Masters 1000

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