Alberto del Río, el luchador mexicano que nunca se dejó pisotear por nadie

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Alberto Del Río fue campeón de la WWE en dos ocasiones y otras dos veces monarca de peso completo. (Photo by Moses Robinson/Getty Images)
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Alberto del Río cumplió el sueño americano. Lo hizo a su modo y con sus reglas. Nunca fue un tipo común y corriente. Sus venas portaban sangre de la realeza luchística mexicana. Él supo honrarla en todas las latitudes. No dejó que el pasaporte fuera una condicionante del éxito. Quizá por eso su personaje casó a la perfección con su modo de ser.

Su llegada a WWE fue una bomba total. Nadie esperaba que algún día un mexicano se plantara con tanta soberbia en la élite de este deporte-espectáculo. Del Río se quitó la máscara en todos los aspectos. Dejó atrás la identidad de Dos Caras Jr. y encarnó a un aristócrata envanecido que disfrutaba insultar en español. Si esa era la receta, había que seguirla al pie de la letra. Porque los tipos duros son así: jamás dejan ningún detalle a la deriva.

Del Río llegaba al ring con un Rolls-Royce, una sedosa bufanda blanca y un presentador personal trajeado y de peinado engominado. Era imposible no odiar a un tipo tan pesado. Los aires de grandeza del Patrón, sin embargo, estaban muy bien justificados. Su talento en el ring era desbordante, una mezcla entre la academia de la lucha olímpica y la vistosidad de la lucha libre. En el micrófono también era hábil. Sabía hurgar en la sensibilidad del público para conseguir sus fines.

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Si Rey Mysterio era el niño bueno de la película, el carismático luchador que monopolizaba el cariño del público, Del Río era un tirano despreciable que únicamente pensaba en su grandeza. Cuestión de enfoques, porque fuera del ring José Alberto Rodríguez siempre ha sido un tipo seguro de sí mismo. No tiene reparo en decir lo que piensa y en cada alocución pública queda claro que tiene mucha autoestima. Su personaje iba más lejos, pero guiado siempre por la impronta del histrión.

En tiempo récord, Del Río se estableció en la cima de la industria. En México ya lo había ganado todo, pero ir a Estados Unidos era otra cosa. Ganó el Royal Rumble en su primera participación y aunque no pudo validarlo con el cinturón de peso pesado, sí capturó el cetro de la WWE en agosto de 2011. Previamente había conquistado el maletín de Dinero en el Banco. A la par del oro conseguido, Del Río terminó por definirse como personaje. Lo tenía todo para ser odiado. Desde que la música de los mariachis sonaba en las arenas, los fanáticos no escatimaban en desprecios.

Insultaba a sus rivales en español y se metía con los hábitos alimenticios de los aficionados. Poco se le podía recriminar a él en ese sentido, un atleta consumado que ganó una medalla panamericana y pudo asistir a los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 si México hubiera llevado equipo de lucha. El público, en el fondo, adora a este tipo de luchadores. Porque el bien no tiene sentido sin el mal y porque en el deporte industrializado siempre debe existir alguien a quien detestar con todas las fuerzas del alma.

Alberto del Río enfrentando a Edge en WrestleMania 27. (Photo by Moses Robinson/Getty Images)
Alberto del Río enfrentando a Edge en WrestleMania 27. (Photo by Moses Robinson/Getty Images)

No es casualidad que la primera etapa de Alberto en WWE se haya terminado por un conflicto racista. Un empleado hizo comentarios discriminatorios que tuvieron como respuesta una bofetada de Del Río. Si la violencia es o no la respuesta para los insultos, queda a cuestión de debate. Lo cierto es que Alberto mantuvo fidelidad a sus principios. Nunca se dejó pisotear por nadie.

Al estilo de Hugo Sánchez, otro mexicano ganador visto con sospecha en su propio país, Del Río habla todo el tiempo de él y de sus logros. Pedirle cautela sería una equivocación. El mismo amor propio que lo llevó a la cúspide de su carrera es también el factor responsable de su exagerada vanagloria. Alberto del Río, El Patrón, lo ganó todo gracias a una mentalidad en peligro de extinción.

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