Por qué el sueño de Adrián Ben es el sueño de todos nosotros

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DOHA, QATAR - SEPTEMBER 29: Adrián Ben of Spain reacts after finishing in the Men's 800 Metres heats during day three of 17th IAAF World Athletics Championships Doha 2019 at Khalifa International Stadium on September 29, 2019 in Doha, Qatar. (Photo by Alexander Hassenstein/Getty Images for IAAF )
Photo by Alexander Hassenstein/Getty Images for IAAF

Buena parte de nuestra vida y de nuestras aspiraciones vienen determinadas por lo que vemos y consumimos de pequeños. Puede que lo ideal para prevenir ataques al corazón y celebrar con tiempo y pausa, sea que nuestro atleta favorito domine la prueba desde el principio, aguante todos los ataques y acabe en primer puesto con un ligero sprint mientras mira atrás a ambos lados, con una mezcla de ansiedad y confianza, como Fermín Cacho.

Lo que pasa es que en nuestro imaginario, ese tipo de triunfo no tiene tanta magia. Lo hemos visto pero no nos vuelve locos. Lo que nos han dicho las películas, lo que nos han repetido en las historias del olimpismo son esas remontadas agónicas del hombre sin opciones que acaba pegando un sprint formidable y, cerrando los puños, va adelantando uno a uno a todos los que tiene delante mientras estos tuercen el gesto. "Recogiendo cadáveres", que se dice en la jerga del fondo y el medio fondo. El ejemplo más espectacular de este tipo de corredor sería Dave Wottle, el hombre que ganó los 800 metros en Munich 72 después de pasarse 250 metros en última posición, incluso dejando más de cinco metros de distancia con el grupo principal, para acabar imponiéndose en photo-finish en la línea de meta.

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Lo de Adrián Ben no es para tanto, pero juega de la misma manera con nuestra adrenalina, que es al fin y al cabo una de las grandes motivaciones para sentarse a ver cualquier competición. El gallego de Viveiro es un maestro de la espera. Sabe medir los tiempos a la perfección, esconderse en la primera vuelta del 800 y luego ir remontando puestos poco a poco. Frente a los corredores "diesel", e igual que nos pasa en el ciclismo, pocas cosas nos provoca mayor entusiasmo que ver un cambio de ritmo como los de antes, los de Saïd Aouita, los del propio José Luis González...

Adrián Ben va el último y de repente le vemos acelerar la zancada y a nosotros se nos pone el corazón a mil pulsaciones porque hay ahí un momento, que podemos medir en unos cincuenta o cien metros, en el que no sabemos qué demonios va a pasar. El deporte es exactamente eso: la resolución de una incógnita y Ben siempre mantiene la expectativa, no es de los que empieza a retorcerse y a aligerar el ritmo, sino que es de los cazadores, de los que del octavo puesto pasan al séptimo, luego al sexto, luego al quinto... y nos permite soñar durante unos segundos con una medalla que ya da igual si llega o no porque la hemos sentido nuestra.

Si la estrategia de Adrián es la correcta o no, es algo que solo pueden saber su entrenador y él. De momento, los resultados son excelentes. Sexto en el Mundial de Doha, quinto en la final olímpica de Tokio. Los 800 metros lisos han sido siempre una prueba fetiche del atletismo español, ya desde los ochenteros tiempos de Colomán Trabado, y no está tan lejos el bronce en el mundial de pista cubierta de 2018 de Saúl Ordóñez, poseedor del récord nacional sobre esta distancia. La diferencia entre Ordóñez y Ben ahora mismo es de tendencia. Mientras uno no acaba de encontrar su mejor momento de forma -ni siquiera pasó a semifinales en Tokio-, el otro se ha consolidado sorprendentemente en la élite de una disciplina carísima.

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Ben no es un hombre de grandes marcas pero no las necesita. Es un hombre de carreras. Cuando uno es un niño y se imagina a sí mismo compitiendo contra sus amigos en el parque de turno, sueña con ganar de forma épica, sin necesidad de luego mirar a ningún marcador para comprobar el tiempo. Ben ha quedado quinto del mundo en una carrera táctica que en principio le perjudica porque nadie se cansa. Cuanto mayor el desgaste de los demás, mayor el impacto de su imponente sprint final. El rato que uno pasa viendo una carrera del gallego es siempre un rato bien aprovechado y eso es lo que cuenta. Luego ganará o no ganará. Se clasificará o le eliminarán en series. Pero el espectáculo está garantizado.

Forma Ben parte de una nueva generación de atletas españoles que tienen muy buena pinta: aparte de Ana Peleteiro, ahí está el cuarto puesto de Eusebio Cáceres en longitud -injustamente eclipsado en los medios, tratándose de una de las disciplinas estrella del atletismo internacional- y lo que pueda conseguir Mo Katir en los 5000, que huele a medalla. Incluso María Vicente ha conseguido ganar una prueba del heptatlón, algo que no se lograba en pruebas combinadas desde los tiempos de Antonio Peñalver, y Asier Martínez se ha colado en la final de los 110 metros vallas, algo impensable en los tiempos inmediatamente anteriores a la nacionalización de Orlando Ortega.

Después de muchos años dependiendo casi en exclusiva de la longevidad y el talento de Ruth Beitia y, antes, de la longevidad y otras cosas de Marta Domínguez, parece que vienen años de un cierto esplendor o, al menos, de una cierta competitividad en el atletismo español. Saltos, fondo y medio fondo, las especialidades españolas por excelencia, tienen savia nueva que pueden devolver a este deporte al lugar mediático veraniego que siempre le ha correspondido. No solo consiguen puestos sino que nos emocionan. Es una combinación fantástica que confiamos en que dure muchos años más.

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