El 8,4% de IPC en abril agita los fantasmas sobre la aceleración descontrolada: ¿hay riesgo de una híper?

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La gravedad de la inflación registrada en abril llegó a tal nivel que ya en los debates son pocos los que se molestan en "chicanear" a Sergio Massa por su infortunado pronóstico de que la inflación de abril empezaría con un 3 o los que hacen chistes sobre la definición de Alberto Fernández sobre el "factor psicológico" de la inflación. Más bien, lo que está predominando es la inquietud sobre qué tan lejos está la aceleración a una hiper.

A esta altura, la pregunta ya no suena descabellada. Como destacan los economistas más veteranos, siempre en este tipo de procesos se llega a un punto en el que la suba de precios ya no depende tanto de los niveles de emisión monetaria sino de la inercia de los aumentos.

Y en Argentina, donde abundan las prácticas indexatorias en todos los ámbitos de la vida económica -desde los salarios hasta los alquileres, desde los materiales de construcción hasta el dólar blue-, se está ingresando en una dinámica peligrosa.

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De hecho, los economistas suelen destacar que la economía está en uno de sus niveles de monetización más bajos en décadas. En otras palabras, hay pocos pesos circulando: la base monetaria representa apenas un 4,9% del PBI. Para tener una idea de lo que eso implica, en el inicio del gobierno de Néstor Kirchner ese ratio era del 13%.

En la jerga de los economistas, este fenómeno se conoce como la "caída en la demanda de dinero". Y es lo que se ha constatado en todos los procesos de elevada inflación: al principio, el problema es por el exceso en la oferta de dinero, pero a partir de un momento crítico ya la oferta deja de ser el factor relevante y lo que determina la velocidad de la suba de precios es el colapso de la demanda monetaria.

De hecho, uno de los temas más intensos del debate económico es si la demanda ya colapsó o todavía tiene margen por recorrer. Javier Milei, para sustentar su propuesta dolarizadora, es uno de los que argumenta que no hay demanda por los pesos.

Y polemizó públicamente con Martín Tetaz, quien sostiene que "increíblemente" todavía hay demanda de moneda nacional. "Si la demanda fuera cercana a cero ya estaríamos en el medio de la híper", afirma el economista del Pro.

Lo cierto es que una de las actividades más repetidas en estos días es la comparación del  momento actual con las previas de otras crisis, como el Rodrigazo de 1975 o la hiperinflación de 1989. Por caso está circulando un gráfico del economista Fernando Marull que plantea un inquietante paralelo entre la aceleración de la inflación actual y la que se vivía a fines de 1988, cuando derrapaba sin remedio el plan Austral.

 

Son antecedentes inquietantes por su parecido con la situación actual: en la década de los ’80, el austral pasó de rotar 12,5 veces por año cuando recién se iniciaba el malogrado plan estabilizador a girar 100 veces en el estallido hiperinflacionario, según una investigación realizada por Jorge Avila, economista de la Ucema. En aquel momento dramático, la mecánica de la indexación hacía que cada billete emitido por el Central impactaba en los precios apenas tres semanas después de estar circulando, cuando lo normal en los países de mayor estabilidad monetaria es que el lapso entre una cosa y otra sea de 18 meses.

La emisión oculta

Claro que el hecho de que la demanda por los pesos esté cayendo no significa que no haya emisión. El Gobierno muestra cierta prolijidad en cuanto a limitar la financiación directa del déficit fiscal mediante transferencias del Banco Central, pero hay otros factores no tan visibles a primera vista, que dan cuenta de una cantidad de dinero circulante que ya no es convalidado por la actividad económica.

Para empezar, hay un efecto de arrastre que viene desde la gran emisión de 2020, cuando en los días de cuarentena se recurrió a la impresión de billetes para financiar la masiva ayuda del Estado al sector privado. Algunos economistas calculan esa masa de dinero en un 20% del PBI. Y si bien es cierto que casi todos los países pasaron por esa experiencia, la tónica internacional fue luego la de una fuerte contracción monetaria por la vía de subas en las tasas de interés. En Argentina, por el contrario, durante mucho tiempo las tasas fueron negativas en términos reales.

Pero hay otro factor que se transformó en un problema estructural. En su afán de corregir el sobrante de pesos, el Banco Central "absorbe" billetes a cambio de letras de liquidez, las famosas Leliqs, que pagan intereses y crecen aceleradamente.

Ese esfuerzo por retirar pesos del mercado trae, como efecto colateral, la suba del "déficit cuasifiscal" a tal punto que sólo por pago de intereses el Banco Central inyecta en la economía $858.000 millones. En otras palabras, cada cuatro meses se duplica la base monetaria.

Y, para completar el cuadro, está el fiasco del nuevo "dólar soja". Comprar dólares a $300 y luego revenderlos a $230 siempre fue mal negocio, porque equivale a emitir dinero que puede presionar los precios. Pero el año pasado, al menos, esa situación quedaba justificada por el hecho de que se lograba un fortalecimiento de las reservas del BCRA y, además, un shock de ingresos a la caja de la AFIP.

En el "dólar agro" de este año, en cambio, el Central casi no se entera de que los sojeros liquidan sus exportaciones, la AFIP ve caer su recaudación en términos reales a un ritmo de 8% interanual. Pero lo que sí se está notando es la parte mala del experimento: en las primeras semanas se inyectaron al mercado $236.000 millones, equivalente a un 4,4% de la base monetaria, según la estimación del economista Salvador Vitelli.

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El "dólar soja" se convirtió en una fuente indirecta de expansión monetaria que contribuyó al explosivo IPC de abril

Es ante esta situación que otra vez se instaló el debate sobre si el BCRA debería volver a subir las tasas de interés. Y no es un punto en el que los economistas estén de acuerdo. Hay quienes creen que, en el estadío en que se encuentra la economía argentina, ya pasa a ser una herramienta poco eficaz.

Aunque es probable que entre los partidarios de esa suba se encuentre un jugador de peso: el Fondo Monetario Internacional. Si se analiza el antecedente reciente de la crisis financiera al final de la gestión macrista, la normalización llegó cuando asumió en el BCRA Guido Sandleris, quien adoptó una estrategia de flotación cambiaria dentro de una banda con máximos y mínimos, al tiempo que elevó las tasas de interés y comunicaba una drástica restricción monetaria en un plan de "emisión cero".

Las tasas super altas llegaron al nivel de 73% en una economía con una inflación del 50% y logró una relativa estabilidad que fue reconocida por el FMI con el desembolso adicional de u$s19.000 millones.

La contracara de la escasez de dólares

No es de extrañar que mientras esta situación ocurre se haya producido, simultáneamente, la corrida hacia el dólar. No faltó quien recordara la célebre "ley de Gresham", que desde hace 400 años estableció que cuando en un país conviven dos monedas, una buena y una mala, la gente tiende a usar la de peor calidad para realizar los pagos, mientras retiene la de mejor reputación como una forma de preservar su capital. Por consiguiente, no se ve circular mucho a la moneda buena, mientras que la mala cambia de manos a toda velocidad, porque nadie quiere quedársela.

No por casualidad, el 8,4% que registró el IPC en abril ocurrió en simultáneo con la perforación del piso de u$s34.000 millones en las reservas del Banco Central.

Y es por eso que hoy, a la hora de pronosticar qué puede ocurrir con la inflación, el dato que se mira con lupa es el de las reservas del BCRA. O, mejor dicho, las gestiones de Massa para conseguir una asistencia del FMI.

Qué lejanos parecen hoy aquellos días de febrero en los que el viceministro Gabriel Rubinstein -verdadero ideólogo del plan económico de Massa- sostenía que "los fundamentos macro (fiscales, monetarios y cambiarios) son consistentes con un IPC del 4% o menos".

Se mostraba, además, confiado en que habría un alto cumplimiento de los acuerdos de precios, a pesar de que había numerosas pruebas de problemas en ese sistema. Pero el problema mayor de Rubinstein fue haber subestimado el "efecto sequía", que ya era evidente para todo el sector agrícola desde fines del año pasado, al punto que se estimaba en no menos de u$s10.000 millones el costo económico.

En aquel momento, el gremio de los economistas ya manifestaba un indisimulado escepticismo sobre las posibilidades de que la inflación fuera menor en 2023 que en 2022. Y muchos planteaban seguir con atención el factor de las expectativas en un año en el que el factor político jugaría un rol clave.

El viceministro Gabriel Rubinstein, que argumentaba que la inflación estructural argentina era de 4% mensual, quedó en el centro de las críticas
El viceministro Gabriel Rubinstein, que argumentaba que la inflación estructural argentina era de 4% mensual, quedó en el centro de las críticas

El viceministro Gabriel Rubinstein, que argumentaba que la inflación estructural argentina era de 4% mensual, quedó en el centro de las críticas

¿Dónde hay un ancla?

Los únicos que manifestaron, al menos formalmente, credibilidad en el pronóstico de un 60% de inflación anual fueron los dirigentes sindicales, que respetaron la pauta, pero con la garantía de la cláusula de revisión. Es decir, fue un apoyo político casi sin efectos prácticos, porque ya en marzo era evidente que ese 60% llegaría antes de terminar el primer semestre.

Es así que hoy la mayoría de los gremios grandes están firmando acuerdos trimestrales por cifras que promedian el 23%. Y, aunque ningún funcionario del Gobierno se animará a decirlo, esa carrera entre salarios y precios es uno de los factores a los que más le temen, por su potencial de que se espiralice la dinámica inflacionaria.

Para colmo, se están perdiendo las clásicas anclas de la economía. Para dar cumplimiento al compromiso fiscal con el FMI –que quiere topear el gasto estatal en subsidios en 1,6% del PBI- se vienen ajustes de tarifas en los servicios públicos. Esto, por el consabido "efecto contagio", deja pocas chances de que en mayo se vea un alivio inflacionario.

Y, finalmente, se pone al rojo vivo el debate interno sobre qué hacer con el dólar oficial. Massa, en parte para satisfacer al FMI y en parte para achicar la brecha durante la corrida de abril, aceleró la tasa del "crawling peg" a un nivel de 8,4% anual. Pero se trata de una política fuertemente resistida por el kirchnerismo.

De hecho, en su último discurso, Cristina Kirchner argumentó que el acuerdo "stand by" con el FMI es inflacionario porque obliga a que el tipo de cambio evolucione al mismo ritmo que el IPC, lo cual es un error en una economía bimonetaria en la cual los empresarios miran al tipo de cambio para calcular sus costos de reposición.

¿Hay margen para una híper?

A pesar del nerviosismo del mercado, no hay muchos economistas que crean que se pueda ir en el corto plazo a una hiperinflación tal como se la conoció en los años ’80. Es decir, una inflación que cumpla con la condición de superar la marca de 50% al mes.

Sin embargo, hay quienes argumentan que, en el siglo 21, las hiperinflaciones modernas ya son las de tres dígitos al año. Es decir, Argentina está ingresando en esa zona. Uno de quienes sostiene esa tesis es Diego Giacomini, quien recuerda que en los años 80, la crisis argentina consistió en pasar de una inflación 22 veces más alta que la del promedio latinoamericano a una que era 45 veces más alta.

Ahora, recuerda Giacomini, se pasó de una inflación de 53% al inicio de la gestión Fernández, que era 20 veces más alta que el promedio de la región, a una nueva inflación que se aproxima a 120% anual, que sería 48 veces más grande que la de América latina.

Y deja una advertencia inquietante: que con una inflación anual de tres dígitos, hay chances de que los indicadores sociales y las empresas sufran más que en 1989.