A 50 años del match del siglo entre Bobby Fischer y Boris Spassky: las vidas de ambos ajedrecistas

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Bobby Fischer acompañado por el alcalde de Nueva York John Lindsay, el 22 de septiembre de 1972, poco después de su victoria sobre Boris Spassky en el match del siglo.
Bobby Fischer acompañado por el alcalde de Nueva York John Lindsay, el 22 de septiembre de 1972, poco después de su victoria sobre Boris Spassky en el match del siglo. - Créditos: @NEAL BOENZI

Reikiavik, Islandia, 1972. El “match del siglo” entre el campeón mundial ruso Boris Spassky y Robert “Bobby” Fischer, estadounidense. Contexto: la Guerra Fría, Estados Unidos vs. Unión Soviética. Inevitablemente inmiscuida en una serie de ajedrez en la que sus protagonistas eran meros jugadores, competidores lúdicos, pero a la vez, intencionalmente o sin quererlo, representantes de sus países, sus modos de vida, sus sistemas políticos.

La tensión entre ambas superpotencias de la época era enorme. La guerra de Vietnam estaba aún en curso. Estados Unidos y sus aliados europeos encarnaban el modelo de vida occidental, mientras Unión Soviética y el resto del bloque del este se erigían en defensores del socialismo. Y el ajedrez cobró un protagonismo inesperado: era un emblema de URSS, que lo exhibía como una de las virtudes del modelo comunista. Un juego reflexivo, intelectual, opuesto a los entretenimientos frívolos de Occidente, y en el cual los soviéticos habían sido absolutos dominadores desde la postguerra, con los campeones del mundo Mikhail Botvinnik, Vasili Smyslov, Mikhail Tal, Tigran Petrosian y Spassky. Sin embargo, hacia fines de los años cincuentas había surgido un jugador que iba arrollando a todos sus rivales, y era norteamericano.

Bobby Fischer y Boris Spassky durante el último juego el 21 de agosto de 1972.
Bobby Fischer y Boris Spassky durante el último juego el 21 de agosto de 1972. - Créditos: @J.W. GREEN

El cruce empezó catastrófico para Fischer: perdió la primera partida por un grave e insólito error, y la segunda por no presentarse, en desacuerdo con la presencia de las cámaras de televisión. Le dejó a Spassky la incómoda sensación de “estar debiéndole algo”. Fischer se quejaba de todo, y su abandono parecía inminente, pues había hecho cosas parecidas. Entonces, el juego del tablero sin reglas, la política, hizo su movida. Henry Kissinger, secretario de Estado, llamó por teléfono a Fischer y lo instó a seguir, porque “el país entero” estaba con él.

Bobby pidió jugar la tercera partida sin cámaras. Spassky cometió el error estratégico de ceder. Caballero, creyó pertinente hacer esa concesión. Confiaba en sí y pensaba que la ventaja de dos puntos era significativa. De haberse negado, como quería el jefe de la delegación soviética, Victor Baturinsky, probablemente el match no habría continuado.

La molestia de Fischer con la TV

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Dos semanas después, Spassky se encontraba al borde del abismo. Fischer estaba desatado, jugando el mejor ajedrez que se había jugado nunca. De los ocho capítulos había ganado cinco y empatado tres, logrando tres puntos de ventaja. Spassky consiguió detener la sangría, pero sólo eso. Se sucedieron muchas tablas, y cada nuevo empate acercaba al estadounidense a la conquista del match, pactado a 24 partidas. La 21, un nuevo triunfo de Fischer, dio cifras finales: 12½ a 8½. Hace 50 años.

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Finalizado aquel memorable match, los caminos de ambos contendores se separaron pero volvieron a converger veinte años después. Fischer, que fuera del tablero, prisionero de sus fantasmas, se desorientaba en la vida misma, dejó de jugar por todo ese tiempo, causando desconcierto en el mundo del ajedrez. La Federación Internacional (FIDE) declaró campeón a Anatoli Karpov en 1975, una vez que las exigencias de Fischer para presentarse fueron consideradas excesivas. Muchas veces lo tentaron con altas sumas de dinero para que regresara, pero su respuesta siempre fue negativa... hasta que cierto oscuro banquero yugoslavo lo convenció de volver al ruedo con una bolsa de cinco millones de dólares. Una cifra insólita para el ajedrez, aun en tiempos actuales. Ni qué decir en ese momento.

Fischer hizo de las suyas: eligió nuevamente a Spassky como rival, pese a que había un campeón mundial vigente, Garry Kasparov, y a que Boris ya casi era un ex jugador. Y cuando le trajeron el texto de la prohibición de Estados Unidos de competir en Yugoslavia por el bloqueo económico que sostenía contra ese país a raíz de la guerra de Bosnia, Bobby se limitó a escupir públicamente sobre dicho documento de veda. Pero como desde hacía veinte años no jugaba, había una gran expectativa por ver cómo lo haría.

Aunque todos querían ver a Bobby Fischer, el estadounidense pidió a los organizadores del match de desquite con Boris Spassky que se pagara en partes iguales a los dos, en 1992; el ruso compitió con la bandera de Francia, cuya nacionalidad adoptó en 1984.
Aunque todos querían ver a Bobby Fischer, el estadounidense pidió a los organizadores del match de desquite con Boris Spassky que se pagara en partes iguales a los dos, en 1992; el ruso compitió con la bandera de Francia, cuya nacionalidad adoptó en 1984. - Créditos: @IVAN MILUTINOVIC

En la primera partida jugó de manera brillante; ganó en el estilo de sus mejores años. Los aficionados se encandilaron: ¡la magia estaba intacta! Pero el match siguió, y aunque Fischer ganó por un margen similar al de la anterior, los expertos dijeron que la calidad del juego de ambos había disminuido. Lógico: Fischer tenía 49 años, y Spassky, 55. Para Boris, que desde 1984 estaba nacionalizado francés, había recibido este match como un regalo del destino, se daba una paradoja: él, un campeón del mundo, ganó mucho más dinero perdiendo ese match contra Fischer que en el resto de su carrera. De algún modo fue un actor, tuvo que representar un papel.

Fischer volvió a desaparecer; esta vez, con una orden de extradición de su país en su contra, se volvió un trotamundos. Los servicios prestados en la Guerra Fría habían sido olvidados. Reapareció en una radio filipina aprobando el atentado contra las Torres Gemelas, y poco después fue detenido y encarcelado en Japón en 2006, con la extradición como amenaza pendiente. Entonces Spassky hizo una jugada: escribió una carta abierta a George W. Bush, presidente estadounidense, para pedir la absolución a Fischer, con el toque sensible de solicitarle que, en caso de no concederla, le dejara un lugar en la celda junto a Bobby con un juego de ajedrez.

Palabras de Spassky sobre la muerte de Fischer

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A Fischer, que estaba preso luchando por no ser extraditado, no podía gustarle esa demagógica súplica. En una entrevista calificó a Spassky como “frenemy”, una mezcla entre las palabras “friend” (”amigo”) y “enemy” (”enemigo”). Luego su viejo adversario le explicó que lo había hecho para llamar la atención pública sobre el caso. Fueron los agradecidos y generosos islandeses quienes salvaron a Bobby al otorgarle un pasaporte de su nación, y éste pudo viajar a la que había sido su isla de la fantasía y sería su destino final. Se cuenta que cuando le detectaron una grave enfermedad, el médico le dijo que la encrucijada era operarse o morir. Fischer, siempre eligiendo su propio camino, optó por lo último.

El ajedrecista Bobby Fischer en un partido en septiembre de 1992 contra el soviético, Boris Spassky
Con menos brillo que el mostrado 20 años antes, Fischer ganó aquella serie de septiembre de 1992 en Montenegro y Serbia, partes de una Yugoslavia que se desmembraba en medio de una guerra; la prohibición de Estados Unidos a que participara y su pedido de extradición hicieron que Fischer nunca volviera a su país.

Spassky sufrió dos ACV (accidente cerebrovascular) en los últimos años y protagonizó una fuga de película desde París hasta Moscú, donde vive ahora, asegurando que su esposa francesa lo tenía encerrado contra su voluntad. Cada tanto concede alguna entrevista en la que recuerda su pasado ante los tableros y a Fischer. En una de éstas dijo, con lenguaje ajedrecístico: “Estoy en una mala posición, pero siempre fui optimista, y sigo jugando”. Cumplió 85 años y es el campeón mundial vivo más longevo, y el último sobreviviente de una época del ajedrez en que los grandes del tablero eran artistas de sí mismos.

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